por Noam Chomsky
El recurso del miedo como disciplinador de la población adoptado por los sistemas de poder dejó un largo y terrible sendero de sangre y sufrimiento, que hoy ignoramos bajo nuestro propio riesgo. La historia reciente provee varios ejemplos impactantes.
La segunda mitad del siglo veinte fue testigo tal vez de los crímenes más horribles desde las invasiones mongoles. Los más salvajes fueron llevados adelante allí donde la civilización occidental había alcanzado sus más grandiosos esplendores. Alemania era el centro más importante de las ciencias, la literatura y las artes en general, la enseñanza escolar humanista y otros logros memorables. Previo a la Primera Guerra Mundial, antes de que la histeria anti-alemana se expandiera en Occidente, Alemania había sido considerada un modelo de democracia a ser emulado por los científicos políticos estadounidenses. A mediados de la década del treinta, Alemania fue llevada en poco tiempo a un nivel de barbarismo difícil de comparar con otros hechos históricos.
En los hechos más destacados de su vida como un judío bajo el nazismo que escapó milagrosamente de las cámaras de gas, Victor Klemperer escribe estas palabras sobre un profesor amigo a quien había admirado mucho, pero que finalmente se había adherido a las ideas nacionalsocialistas: “si un día la situación se revirtiera y el destino de los dominados estuviera en mis manos, dejaría ir a todos los ciudadanos e inclusive a algunos de los líderes nazis, que después de todo pueden haber tenido intenciones honorables sin saber lo que estaban haciendo. Pero a los intelectuales los colgaría a todos, y a los profesores tres pies más arriba que el resto; a ellos los dejaría colgados de los postes de luz por tanto tiempo como higiénicamente fuera posible”. Las palabras de Klemperer fueron meritorias, y se generalizaron a gran parte de la historia.
Los sucesos históricos complejos siempre tienen causas diversas. En el caso del nazismo, un factor crucial fue la manipulación del miedo. El “ciudadano común” fue inducido a temer una conspiración judeo-bolchevique que pretendía dominar el mundo y que pondría la supervivencia del pueblo alemán en peligro. Por consiguiente, eran necesarias medidas extremas, en “defensa propia”. Los intelectuales venerados fueron aún más lejos.
Mientras las nubes tormentosas del nazismo cubrían el país en 1935, Martín Heidegger describía a Alemania como la nación que más peligro corría en el mundo, atrapada en las “pinzas” de un ataque contra la civilización misma, liderado en su forma más cruel por Rusia y Estados Unidos. Pero Alemania no era solamente la principal víctima de esta fuerza terrible y bárbara. Alemania, “la más metafísica de las naciones”, era la responsable de liderar la resistencia. Alemania estaba parada “en el centro del mundo occidental”, y debía proteger de la “aniquilación” la herencia grandiosa de la Grecia clásica. La confianza del éxito estaba depositada en las “nuevas energías espirituales que se despliegan históricamente del centro hacia fuera”. Esas “energías espirituales” se desarrollaron en modos que fueron evidentes cuando Heidegger llevó el mensaje a Alemania, mensaje al que él y otros intelectuales siguieron adhiriendo.
El paroxismo de la matanza y la aniquilación no concluyeron con el uso de armas que podrían haber llevado a todas las especies a un final amargo. No deberíamos olvidar que estas armas de destrucción masiva fueron creadas por las figuras más brillantes, humanas y altamente educadas de la civilización moderna, que trabajaron en soledad y tan cautivadas por la belleza del trabajo con el que estaban comprometidas que aparentemente prestaron poca atención a las consecuencias de su labor. De hecho, las protestas significativas de los científicos contra las armas nucleares empezaron en los laboratorios de Chicago, después de haberse creado la bomba, y no en Los Alamos, donde el proceso continuó hasta un final siniestro. Que en realidad no era el final.
La historia oficial de la Fuerza Aérea estadounidense relata que después del bombardeo de Nagasaki, cuando el rendimiento incondicional de Japón era un hecho, el General Hap Arnold “quería el final más espectacular posible”, un ataque de mil aviones a plena luz del día sobre las ciudades japonesas indefensas. El Jefe de la Fuerza Aérea, el General Carl Spaatz había preferido que tan grandioso final fuera un tercer ataque nuclear sobre Tokio, pero fue disuadido. Tokio era un “blanco insignificante” después de haber sufrido una incineración tras una tormenta de misiles ejecutada cuidadosamente en marzo, que dejó cien mil cadáveres desparramados en uno de los peores crímenes de la historia.
Los conflictos mencionados están excluidos de tribunales de crímenes de guerra, y largamente borrados de la historia. Actualmente, son rara vez conocidos entre círculos de activistas y especialistas. En el momento fueron publicitados como legítimos ejercicios de defensa propia contra un enemigo vicioso que había llegado al último nivel de infamia al bombardear las bases militares estadounidenses en sus colonias hawaiianas y filipinas.
Quizás valga la pena tener en cuenta que los bombardeos de Japón de diciembre de 1941 -“el día que vivirá en la infamia”, en palabras rimbombantes de FDR (Franklin D. Roosevelt)-, estaban más que justificados por las mismas doctrinas de “defensa propia anticipatoria” que prevalecen entre los líderes de los hoy autodesignados “Estados iluminados”, los Estados Unidos de América y su cliente Inglaterra. Los líderes japoneses sabían que los aviones B-17 provenían de las líneas de producción de Boeing, y seguramente estaban familiarizados con las discusiones públicas llevadas a cabo en Estados Unidos, que explicaban cómo podrían ser usados los B-17 para incinerar las ciudades japonesas de madera en una guerra de exterminación. El ataque se llevaría a cabo volando desde las bases hawaiianas a las filipinas –“para quemar hasta los cimientos el centro industrial del Imperio bombardeando sobre los montículos que hierven de hormigas del bambú”, como recomendó en 1940 Chennault, General retirado de la Fuerza Aérea, una propuesta que “simplemente deleitó” al presidente Roosevelt. Evidentemente, esa es una justificación mucho más fuerte para bombardear bases militares en colonias estadounidenses que cualquier excusa creada por Bush-Blair y sus aliados en la ejecución de una “guerra preventiva” –y aceptada, con reservas en cuanto a cuestiones de táctica, en todo el espectro de la opinión pública.
Sin embargo, la comparación es inapropiada. Aquellos que defienden la destrucción no pueden sentir ninguna emoción siquiera cercana al miedo. En palabras de Churchill, “sólo a los hombres ricos conviviendo en paz con su hábitat”, a las “naciones satisfechas, que no desearon más para ellas que lo que tenían”, “debe ser confiado el gobierno del mundo”, si es que se desea la paz – un cierto tipo de paz, en la que los hombres ricos deben estar libres del miedo.
Para constatar cuán seguros están los ricos de que no tienen nada que temer puede observarse gráficamente el alto nivel de academicismo en las nuevas doctrinas de la “defensa propia anticipatoria” delineadas por los poderosos. La contribución más importante con alguna profundidad histórica pertenece a John Lewis Gaddis, de la Universidad de Yale. Gaddis encuentra en la doctrina de Bush el pensamiento de su héroe intelectual, el gran estratega John Quincy Adams. Parafraseando al New York Times, Gaddis “afirma que la estrategia de Bush para enfrentar al terrorismo tiene sus raíces en la tradición distinguida e idealista de John Quincy Adams y Woodrow Wilson”.
Podemos dejar de lado la mención vergonzante de Wilson, y quedarnos con los orígenes de la tradición distinguida e idealista, que Adams dejó por escrito en un famoso papel del Estado en el que justificaba la conquista de Florida por parte de Andrew Jackson en la Primera Guerra contra los indios Seminola en 1818. Adams argumentaba que la guerra estaba justificada por ser en defensa propia. Gaddis concuerda con que sus motivos eran preocupaciones legítimas en torno a la seguridad. En la versión de Gaddis, después de que Gran Bretaña saqueara Washington en 1814, los líderes estadounidenses reconocieron que “la expansión es el camino seguro hacia la seguridad”. En consecuencia, conquistaron Florida, siguiendo una doctrina ahora expandida al mundo entero por Bush – apropiadamente, según él mismo argumenta –.
Gaddis cita las fuentes históricas correctas, principalmente el historiador William Earl Weeks, pero omite lo que dicen. A partir de la observación de lo que Gaddis calla podemos aprender mucho sobre los antecedentes de las doctrinas actuales y el consenso respecto de ellas. Weeks describe con tremendo y colorido detalle lo que Jackson hacía en la “exhibición de asesinatos y robos violentos conocida como la Primera Guerra contra los Indios Seminola”, que era sólo una fase más en su proyecto de “remover o eliminar nativos estadounidenses del sudeste”, asentados allí desde mucho antes que 1814. Florida era un problema porque no había sido incorporada al imperio estadounidense en expansión y porque además era un refugio para indios y esclavos que se escapaban... buscando estar a salvo de la furia de Jackson y de la esclavitud.
Existió de hecho un ataque de los indios, que Jackson y Adams usaron como pretexto: las fuerzas de Estados Unidos expulsaron a un grupo de Seminolas de sus tierras y mataron a muchos de ellos; quemaron su pueblo hasta que no quedó nada. Los Seminolas reaccionaron y atacaron un bote con armamento que estaba bajo control militar. Aprovechando la oportunidad, Jackson “se embarcó en una campaña de terror, intimidación y destrucción total”, se eliminaron poblaciones “y se calculó con mucho esfuerzo y frialdad cómo eliminar las fuentes de comida para que las tribus, que encontraron refugio en los pantanos, murieran de hambre”. Los problemas continuaron y así se llegó al admirado escrito de Adams, que alababa la agresión de Jackson para establecer en Florida “el dominio de esta república sobre la violencia y la sangre”.
Tales son las palabras del embajador español, “una descripción dolorosamente precisa”, escribe Weeks. Adams “había distorsionado, disfrazado y mentido tanto en el Congreso como a la población sobre los objetivos de la conducta de la política estadounidense respecto de los extranjeros”, continúa Weeks, violando groseramente los principios morales que él mismo proclamaba, “defendiendo implícitamente la eliminación de indios y la esclavitud”. Los crímenes de Jackson y Adams “terminaron siendo un preludio a la segunda guerra de exterminación contra los indios seminolas”, en la que los que sobrevivieron migraron y se dispersaron en el oeste, hasta ser definitivamente aniquilados, “o fueron asesinados o forzados a refugiarse en los pantanos de Florida”. Hoy, concluye Weeks, “los indios Seminola sobreviven en la conciencia nacional como la mascota de la Universidad del Estado de Florida” – un caso típico e instructivo...
... El cuadro retórico descansa en tres pilares (según Weeks): “la asunción de que existe una virtud moral única y propia de los Estados Unidos, la afirmación de su misión para redimir al mundo”, lograble a través de la expansión de sus ideales y el “modo de vida estadounidense”, y la confianza en que el destino de la nación está “ordenado divinamente”. La retórica recorta la posibilidad de un debate razonable, y limita cuestiones políticas a una elección entre el Bien y el Mal, reduciendo así la amenaza de la democracia. Las críticas pueden ser deshechadas como “anti-estadounidenses”, un concepto interesante tomado prestado del vocabulario del totalitarismo. Y la población debe amontonarse confusamente bajo el paraguas del poder, con el miedo de que su modo de vida y su destino estén bajo inminente amenaza...