lunes, 4 de agosto de 2008

Estimado Sr. Godot



por Eduardo Montes Bradley



Estuve dándole vueltas al tema de un posible artículo para la revista de su responsable edición. Créame que lo pensé, quedando por días a la espera de las ingratas musas. Pero nada. Estoy como cuando vinimos de Europa. Mejor dicho, como cuando los abuelos de mis abuelos vinieron de Europa. De modo que le ruego me sepa disculpar y disponga en cambio usted de la presente como contribución narrativa al género epistolar que tanto ha dado de comer a muchos hasta el invento de la “Interné”. Porque fíjese usted, don Godot, qué hubiera sido de Alfaguara sin las Cartas completas de Julio Cortázar. Porque la verdad sea dicha, el progreso es un azote cuando de lamentaciones progresistas se trata. Precisamente por ello voy a procurar en ésta un tono atemporal que le permita sobrevivir los avatares de las próximas elecciones, las tonterías de Michael Moore en su próximo documental y los esfuerzos que Lanata pueda hacer en parecérsele al menudeo. ¿Pero cómo diablos llegué yo hasta Lanata? Ahora bien, de persistir en esta idea de una carta publicada en lugar del artículo que se resiste, deberé ir pensando en una fotografía. Está claro que un artículo sin imágenes pierde en gran medida proyección sobre el poder de imaginación del lector. Aunque preferiría no entrar en ese tipo de tema, porque de seguro va a caerme encima algún sobrino de Freud, de esos que en número superior a los sesenta mil azotan la patria de inconscientes. Aunque la verdad sea dicha, documentalistas no faltan, en todo caso sobran. Sobran documentalistas y psicoanalistas, ¿qué más podría estar sobrando...? ¿Palabras? Por qué no. ¿Acaso le pregunté al buen señor Godot de qué extensión quería que fuera el artículo que decidí cambiar por epístola-díscola? No. Mejor le mando un e-mail ahora mismo mientras sigo pensando sobre qué podría estar escribiendo mientras escribo. No vaya a ser cosa que me extralimite en mi primer intento por hacerle la espera más llevadera al tal Godot. El caso es que podría estar aprovechando esta oportunidad para manifestar mi más ferviente desencanto con el género documental o para relatar el viaje de la semana pasada a Tandil para participar de un homenaje a Dipi Di Paola junto a Guebel y Bizzio, pero no. ¿Para qué aburrir al lector cuando de eso ya se ocupan otros? Hablando de otros, si alguno de ustedes llegara a cruzarse con el fantasma de Dickens, no deje de agradecerle sus American Notes. No sé que hubiera sido de mí esta semana sin ellas. Confieso que la edición que adquirí en una librería de viejos y usados en la Avenida Broadway por sólo seis dólares con cincuenta centavos no está al alcance de todos. Pero bastaría con bajarla de “Interné”. Justo ahora con esto de los huracanes y las molestias que se toman muchos en hablar de más en nombre del conservadurismo o del proletariado internacional (da igual, estamos en la Argentina). ¡Ya está! ¿Y si le mando a Godot una de las ilustraciones que aparecen en el libro para que sea publicada junto con esta carta a modo de ilustración que cebe las expectativas del lector? Veamos, no hay muchas, son sólo dos (seguramente porque se trata de la segunda edición). La primera corresponde a una representación norteamericana de los “inmigrantes” del XIX; la segunda, a un retrato en laureles del bueno de Charles. Pongamos las dos. Y sigamos con los libros que de documentales estoy hasta el gorro y es lo que hago de lunes a viernes. Al respecto sería mejor que hablara un teórico del cine. ¡Dios mío, cuántos teóricos del cine hay en este bendito país! Créame Godot, son una plaga. Otro buen libro que devoré en este generoso invierno fue El orientalista, de Tom Reiss. Un libro que se apoya en la idea de resolver los misterios de “una extraña y peligrosa vida”. En realidad se trata de una biografía hecha y derecha sobre el enigmático Lev Nassimbaun. ¿Qué quién es Lev Nassimbau? Déjeme que le cuente. Lev fue un escritor que trascendió por vía de la heteronimia complicitaria, rigurosa y prodigiosa. Fue Essad Bey y también otros. Escribió Sangre y petróleo, una biografía de Stalin y otra de Lenin. También una extraordinaria novela de amor titulada Alí y Nino que transcurre a principios del siglo veinte en el Cáucaso. No sé si ya se lo he comentado o no. Lev Nassimbaum nació en el Cáucaso, más precisamente en Bakú, que es adonde yo tengo pensado ir el próximo invierno siguiendo los pasos de una abuela que tuve. Pero para qué le voy a contar acerca de mi abuela. Aunque pensándolo bien... Acabo de recibir un correo electrónico suyo, señor Godot, en el que me advierte que la extensión del artículo (usted aún no sabe que se trata de una carta) debe tener... Mejor transcribo (eso le da credibilidad a la redacción):

Texto completo de la respuesta de Sr. Godot a Eduardo Montes-Bradley fechado el día 6 de septiembre de 2005 1:07:41 AM GMT-03:00

La extensión puede variar, por lo general tienen 12.000 caracteres. Aunque puede ser un poco más corto y se aprovecha el espacio para poner una ilustración.

Sospechaba lo del “espacio para poner la ilustración” para lo cual me había reservado aquellas de la edición tan privilegiada de American Notes de Charles Dickens. Que en realidad es una edición especial de las obras completas de Dickens publicada como The popular edition de 1907. Qué espanto, ni que fueran peronistas. ¿Por qué los editores se empeñan en popularizar todo? ¿Por qué no publicar una edición al “alcance de todos” de las múltiples reacciones y fusiones del amonio en estado gaseoso con las gotas de mercurio de un termómetro de mano? No es que realmente el tema me interese. Pero ¿por qué hay quienes se empeñan en predigerir conceptos que pueden resultar complejos simplificándolos por el solo placer de acercarlo a aquellos a quienes les estaba vedado por circunstancias de todo tipo? Es indigno. Tres cuartos de lo mismo sucede en sentido contrario. Ahí tiene usted a la Misa Criolla y payasadas por el estilo. ¿A quién se le ocurre elevar a la categoría de poema sinfónico el Martín Fierro? La idea resulta tan descabellada como adaptar El capital de Marx a la lectura de amas de casa o preadolescentes. Ahora que lo pienso, están aquellos infames libritos de Rius que se publicaban en México. Un horror. Mao para principiantes, Marx para principiantes. Absurdo. Incluso llegó a escribir uno que tituló Cuba para principiantes, como si la Revolución Cubana fuera tan difícil de entender que hubiera que convertirla en historieta. El capital y Mao, vaya y pase, pero los escasos requerimientos intelectuales que exige la revolución cubana como para adherir a ella no pueden ser reducidos a una expresión aún inferior. De todas maneras, no quiero enredarme con Rius porque terminaré cayendo en México e inevitablemente en el documental que hicimos con Caparrós siguiendo los pasos de Cortés desde la costa del golfo hasta la antigua Tenochtitlán. La verdad es que la pasé muy bien con el hidalgo caballero de sendos bigotes. Un dato de la intimidad de los viajes: la curvita de los bigotes manubrio es un laburo de órdago. Porque la verdad sea dicha, cuando Caparrós bajaba a desayunar venía con la media luna del bigote apuntando para abajo como si fuera un Villa cualquiera, un Pancho de primera. ¡Claro que estoy hablando de envidia! Hablando de envidia, ¿usted se ha puesto a pensar, don Godot, por qué fue que Rojas y Lugones se olvidaron de Ocantos? La verdad es que me preocupa. En estos días he vuelto al ruedo con Promisión, una de las quichiscientas novelas de Ocantos que publicara allá por el año 1914 la “Biblioteca de La Nación”. Un verdadero placer. Para que se chupe los dedos (¡qué vulgaridad!) le copio unas pocas líneas de la página nueve, apenas entrando en calor. O mejor no. La verdad es que da gusto leerlo, pero eso de andar trascribiendo... ¿Por cuántos caracteres vamos? ¿Siete mil ochocientos y tantos? Pues bien, ideal para un INTERVALO en el que el lector pueda ir hasta la cocina, hacerse una tacita de té, prenderse un pucho. Claro, ahora está de moda dejar de fumar y la verdad es que vamos quedando pocos. Ni yo mismo puedo asegurar que fuera a llegar hasta el fin de los doce mil caracteres requeridos sin prenderme uno. Ahora que lo pienso no tengo cigarrillos. ¡Dios! Sergio Bizzio asegura que no fumar es un vicio como cualquier otro y yo creo que tiene razón. De todos modos pareciera ser uno que conlleva menos trastornos cardiovasculares, lo cual por sí solo debería ser todo un aliciente. Pero qué más da, si total en cualquier momento nos lleva el tsunami que viene a ser algo así como la chingada en tierras del Rius que parió a todos los principiantes y bienpensantes. Aunque ya le llegará su San Benito al flojo de Bartolomé de las Casas y a ese otro oriental de las venas abiertas que no termina de coagular nunca, por más morcilla que se anuncie en los oráculos del modernismo. Si tan sólo fuera así de fácil. Pues bien, don Godot, usted lo ha querido. ¿Cómo se le ocurre pedirme que escriba?. ¿Y ahora cómo hago para detenerme? Como verá, era sólo cuestión de darme la lata que yo me encargaba de las monedas. Ahora veremos cómo se detiene esta maquinaria siniestra de la libre asociación. Que como para asociarnos libremente andamos. Usted vio cómo les fue a las corporaciones de Bruselas. Ahora en el centro de la plaza abrieron un McDonald’s de órdago. Las instituciones ya no son ni la sombra de lo que fueron en la Edad Media. Juventud divino tesoro, ya te vas para no volver; cuando pienso en Perón yo lloro, y a veces lloro sin querer. Y hablando de Perón me acordé de otro libro que vale la pena sacar a la luz, me refiero al Golem de Gustav Meyrink. Sobre todo este año que se conmemora el centenario del pogrom de Kishinev donde mi bisabuela Fanny dio a luz a mi bobe, la que dejó sus huellas en el Cáucaso, como le dije antes. Y hablando de Cáucaso... ¿Usted alguna vez se puso a pensar por qué la definición étnica de caucásica está reservada a los hombres y mujeres blancos de complexión clara? No lo comprendo. Si por Cáucaso se entiende Armenia, Azerbaiján y Georgia; es decir, esa franja de tierras entre el Caspio y el mar Negro, al norte de Irán y al sur de la pesadísima Rusia, los que allí habitan tradicionalmente tienen más en común con los pueblos del desierto que con los suecos que caen en la misma categoría. No lo acabo de entender. ¿Acaso son tan caucásicos unos como los otros? Si le interesa el tema no deje de acercarse a Essad Bey, quiero decir a Lev Nassimbau que, en definitiva, es lo mismo aunque sus razones tuvo Lev para cambiarse de nombre. Después de todo, qué posibilidades tenía un judío de Baku de llegar a convertirse en best seller en la Alemania de 1933. Usted me dirá. Y hablando de Rusia acabo de acordarme. La Editorial Dunken acaba de publicar una suerte de estudio biográfico sobre Ismael Viñas que está dedicado por su autora, Pilar Roca, precisamente a la madre de los hermanos Viñas, que era originaria de Rusia y que había estado en la Patagonia en tiempos de los fusilamientos y las huelgas obreras, que no eran obreras sino campesinas. Mire usted lo que son las cosas, ahora tenemos un presidente santacruceño. Usted me preguntará qué tendrá que ver, y yo le diría: nada. ¿Pues entonces? Pues entonces nada, sigamos que deben faltar como tres mil caracteres y eso sin contar las ilustraciones. No lo había pensado. Si realmente llego a los doce mil que usted me pide, entonces quedarían afuera las ilustraciones de mis American Notes. No lo puedo permitir. De modo que aquí me planto. Hemos llegado al fin. La publicación de las ilustraciones no se negocia. ¡Dibujitos o muerte! Y que sea lo que Rius quiera, porque todo lo demás es demasiado complejo pá uno. ¿Vio?

Kamchatka, 6 de septiembre de 2005