lunes, 28 de julio de 2008

A toda máquina, una lectura de la Ciudad Ausente



por Jorge Hardmeier


Federico Pedrido cuenta en “Hablan de Macedonio Fernández” que, siendo joven, fue a visitar con un amigo a Macedonio. Y Macedonio tardaba en aparecer. Había una cortina larga y se escuchaba el arrastrar de unos pasos detrás de ella. Parecía que Macedonio iba a aparecer y no aparecía. Ese mecanismo de dilación es utilizado por el mismo Macedonio Fernández en la escritura de su “Museo de la Novela de la Eterna ”, con su incesante sucesión de prólogos. Y ese mecanismo de dilación, ya autónomo, parece actuar en la influencia de Macedonio sobre la literatura argentina que lo prosiguió: aparece y desaparece, se muestra y se oculta. Uno de los ejemplos más lúcidos y logrados de su influencia es “La ciudad ausente”, de Ricardo Piglia, y esto al margen de la polémica en la que se vio envuelto por el caso “Plata quemada” o “Cómo quemarse por Plata”. Allí, en esa novela, habita La Máquina de Macedonio.

SI EN UNA NOVELA UN VIAJERO

Macedonio Fernández no tenía vocación de viajero. Apenas un fugaz paso por Uruguay, la residencia por cuestiones laborales en Posadas, Misiones, donde actuó como Juez de Paz y un fallido intento por fundar una colonia anarquista en Paraguay. Salvo estos viajes, se dedicó a permanecer en la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, en otro sentido, Macedonio fue un viajero incansable, un viajero por los diversos estados de la conciencia y el pensamiento. En el “Museo de la Novela de la Eterna ” hay un personaje o personaje que no figura que se llama, justamente, Viajero: Mi Viajero vive allí enfrente. Y no sale de su casa sino a la hora de fin de capítulo en la novela. Este Viajero, El personaje que no figura, sale de su casa con la misión de deshacer los momentos de alucinación en que el lector cree que lo narrado acontece. El Viajero aparece cuando el lector cree estar leyendo vida. Esto era lo que intentaba ejecutar la literatura realista: una copia de la vida misma, hacer creer al lector que estaba leyendo algo real, vivido. Macedonio rechaza la tradición realista y desnuda el proceso creativo. El “Museo de la Novela de la Eterna ” es un viaje sin pasado: Aquí dejad vuestros pasados y trasponedme y vuestro pasado no os seguirá, dice la leyenda escrita en los pilares de entrada a la estancia La Novela , hogar de la no existencia donde habitan los personajes del museo. Un viajero de calidad, para Macedonio, posee la facultad de olvidar y el deseo de ser olvidado. Esto es Junior, el personaje de “La ciudad ausente”. Junior es un viajero múltiple: es hijo de ingleses y como tal toma la herencia de los viajeros ingleses del siglo XIX, inventores del periodismo moderno, porque habían dejado atrás sus historias personales: olvido, operación que, por otra parte, es capaz de realizar la Eterna : anular el pasado de alguien y otorgarle otro, nuevo. Junior, separado de su mujer, se dedica a viajar: viaje geográfico. Luego, establecido en Buenos Aires, se dedica al periodismo como sus ancestros: viaje hereditario. Viaja por los circuitos marginales de Buenos Aires y por pueblos de la Provincia en búsqueda de información sobre La Máquina de Macedonio: viaje de investigación. Y seguirá viajando: Junior, al investigar el asunto sobre La Máquina encerrada en el Museo, comienza a viajar por dos sistemas: los circuitos marginales y clandestinos de una Buenos Aires sitiada, controlada y fantasmagórica y por el sistema virtual creado por la Máquina : navega, como si se internara en la Red , por los diversos relatos e historias creados por la Máquina. Tal como los personajes del “Museo de la Novela de la Eterna ” que cuando andan por las calles de Buenos Aires se sienten reales y ansían volver a latir en la novela, van a la ciudad como a la Realidad , vuelven a la Estancia como al ensueño. La novela de Macedonio es la novela en estados: no hay sujeto, sólo una serie de estados, un viaje, una sucesión por diversos estados de conciencia. Así, la novela de Piglia, es una sucesión de relatos por los cuales viaja Junior, como si se tratara de un sistema virtual. El último de los viajes será hacia la Isla – Utopía del lenguaje. Esa isla que Macedonio busco incesantemente. Era esa su utopía.

RELATO DE UN NÁUFRAGO

En el prólogo a la versión comic de “La ciudad ausente”, Piglia relata la historia de un fotógrafo del barrio de Flores: ha construido una ciudad microscópica. El hombre cree que la ciudad real depende de su réplica y por eso está loco. Es decir, por eso no es un simple fotógrafo. El fotógrafo trata de construir, como Macedonio, un mundo utópico, el diagrama de una ciudad futura. No trata de representar o copiar la realidad, mero realismo aborrecido por Macedonio, sino de reproducir, de producir réplicas. Russo – el inventor de La Máquina de Macedonio -, el fotógrafo de Flores, Macedonio Fernández, son inventores, artistas que crean réplicas de objetos imaginarios: es un filósofo y un mago, un inventor clandestino de mundos, como Fourier o Macedonio Fernández. Cuenta Piglia que, al visitar el taller del fotógrafo, vio la réplica de la ciudad: era más real que la realidad, menos indefinido y más puro. Es que la tensión entre objeto real y objeto imaginario no existe: todo es real. En “La ciudad ausente” la Buenos Aires real es una ciudad fantasmagórica: las luces siempre están encendidas, las patrullas recorren las calles, hay todo un submundo marginal en los pasajes de la 9 de Julio, conviven refugiados, adictos, vagabundos, policías y agentes del gobierno. Frente a la Ciudad – Realidad que representa la Historia , lo Real, el Tiempo dividido en tres tiempos, se opone la Utopía del No Lugar: la Estancia de la Novela en el “Museo de la Novela de la Eterna ” y la isla en “La ciudad ausente”. En la Isla y en la Estancia se vive en Presente, no en los tres tiempos, el tiempo histórico: cuando se vive históricamente no hay más parte adonde ir la Pasión ; hay una marcha de la humanidad que es el énfasis de la Historia ; un presente de Pasión, habido una vez, hace ociosa la marcha, escribió Macedonio, para quien no existía otro tiempo que el Presente. Los personajes del “Museo de la Novela de la Eterna ” intentan la Conquista de Buenos Aires para la belleza. Sería el intento por lograr la utopía de la ciudad presentista: en la ciudad presentista algo hizo al tiempo no transcurrente, como la Historia , sino un Presente fluido, con memoria sólo de lo que vuelve cotidianamente a ser, no de lo que no se repite, como los aniversarios. Por eso el almanaque de la ciudad tiene 365 días de un solo nombre: “Hoy” y la avenida principal se llama también “Hoy”. Sin embargo, esta conquista, esta sociedad utópica, no fue posible: la ciudad, para Macedonio, es una fealdad irremediable. La ciudad es generadora de guerras y un organismo destinado a la ruina. Hay que retirarse a la Estancia , a la utopía, al no lugar, a la isla. La ciudad, el “El museo de la novela de la Eterna ”, queda fuera de la novela. Todos los inventores, los creadores de mundos clandestinos, se refugian en una isla, fuera de la ciudad. La ciudad está ausente. En la novela de Piglia la utopía lingüística se da en una isla, y en ella se mezclan todos los lenguajes pero el único lenguaje posible para los habitantes es el último: presente. Russo, el inventor que construyó La Máquina junto a Macedonio, se ha refugiado en una isla del Tigre. La isla es la utopía, el no lugar, el presente como único tiempo pregonado por Macedonio. El que hace un informe sobre la isla del lenguaje, en “La ciudad ausente”, dice: he de volver a la ciudad de los tres tiempos. Es decir: a la Realidad – Historia – Ciudad – Tiempo dividido en pasado-presente-futuro. La obra de Macedonio representa, por el contrario: Ensueño – Presentismo – Utopía – No lugar. Los personajes del “Museo de la Novela de la Eterna ” volvían a la ciudad como a la Realidad y a la Estancia como al Ensueño. La isla utopía del lenguaje es la isla del Finnegans y, entonces, sumamos otro utopista: James Joyce, cuya obra, como la de Macedonio Fernández, es una isla ella misma. Russo le comenta a Junior: Macedonio se convirtió en un náufrago (...) vivió en una isla imaginaria años y años de soledad. En ese naufragio, en esa isla, el mago inventor crea una máquina para recuperar a la mujer amada. Es el mito iniciático de la isla, el mito de Nolan: con los restos de una radio, con los restos del naufragio, fabricó una mujer con la que hablar. La mujer llegó a amar a Nolan. Luego Nolan se suicidó. La mujer, en la orilla de la isla, siguió hablando. Tal el caso de Macedonio Fernández que, muerta su mujer, Elena de Obieta, se convirtió en un náufrago que llevaba una caja lo que había conseguido rescatar de las aguas. Vivió en una isla imaginaria años y años de soledad. Macedonio, como Nolan, construyó con los restos a la mujer perdida. Y en “La ciudad ausente”, su propia obra lo sobrevive: como en el caso de Nolan, su creación, La Maquina , en la orilla, en la orilla de la isla y en la orilla de la novela, ella, ellas, las máquinas, son las que continúan hablando ante la ausencia de su creador. Son ellas, esas máquinas narrativas femeninas, las que no pueden parar de emitir relatos. Hay que seguir hablando, no se puede parar.

Anhelo que me animó en la construcción de mi novela fue crear un hogar, hacerla un hogar para la no existencia. Lectura psicologista: Macedonio perdió su hogar, muerta Elena, abandonó sus hijos y creó, entonces, un hogar virtual mediante su escritura. Puede ser, en parte. Filosóficamente; Macedonio brega por el no lugar y el no tiempo. Quedan afuera: la Realidad , la Ciudad , la Sociedad de los tres tiempos. Macedonio constituyó, claro, una isla dentro de la literatura argentina: en su época, para distanciarse de la ciudad, los escritores recurrían a la novela campera, la novela gauchesca, la novela de la tierra. Macedonio, ajeno a ese interés, descubrió el misterio en los circuitos marginales de la ciudad y en el lugar utópico, el no existente. Como hemos visto, en “La ciudad ausente”, Junior, cual Macedonio, recorrerá los circuitos marginales de la ciudad, la realidad virtual de lo no existente. La ciudad es lo real, y Macedonio decretará la irrealidad del mundo y buscará, en su propia isla, la clave de todo lo existente. Todo acto no utópico, para Macedonio, se tornará ineficaz.

EVITA VIVE

Es sabido que Macedonio Fernández perdió a su mujer, Elena de Obieta, muy joven, y que abandonó todo – hijos, profesión, hogar, posición económica, amplio etcétera – para construir su obra. También es sabido, no tanto, que Macedonio sostenía que los cuerpos son intermediarios, no poseedores, de un psiquismo universal siempre existente. Para Macedonio hay un estar en el cuerpo, pero su ser está en la conciencia y sólo en ella la eternidad es posible. Y el amor perfecto es opción definitiva por una eternidad. Entonces, Macedonio construye su obra para rescatar a Elena de la muerte. Macedonio quiere abolir la muerte a través del amor: yo todo lo voy diciendo para matar la muerte en ella. La nombra, porque la muerte no es el fallecimiento físico; la muerte es la caída en olvido de lo que fue amor. Para rescatarla de la muerte, Macedonio, le habla, escribe una obra, como Nolan, como otros micro relatos presentes en “La ciudad ausente”. Macedonio trata de recuperar a la mujer amada sin caer en la muerte como búsqueda de igualación (suicidio a la romántica) ni escribiendo la vida de la amada para intentar llenar el vacío (relato biográfico) sino que crea una obra, un artificio, para hacer presente a la mujer amada. Esto ocurre con cada uno de los hombres inventores de “La ciudad ausente”: Nolan, el personaje Macedonio, Russo. En esos años había perdido a su mujer, Elena de Obieta, y todo lo que hizo Macedonio desde entonces (y ante todo la máquina) estuvo destinado, le explica Russo a Junior, a hacerla presente. En “La ciudad ausente”, narrar es dar vida a una estatua, a una máquina parlante, a una autómata, siempre femenina. El que ha perdido a su mujer modela sin tregua una estatua y piensa en ella. Vivir solo o fabricarse la mujer perdida. En “La ciudad ausente”, espejo de la obra de Macedonio, los relatos, con leves diferencias, se repiten. El tema de la construcción de una maquinaria de narrar femenina, una autómata, la invención de un organismo que regrese a la mujer perdida, se repite una vez y otra. La historia de los autómatas siempre le había interesado a Macedonio Fernández. Por eso se conocieron, le dice Carola – mujer de Russo – a Junior, cuando falleció la señora. Entonces, en la novela de Piglia: en el mito de origen de la isla, Nolan, náufrago desterrado, construye una mujer con los restos del naufragio; Macedonio, convertido en un náufrago tras la muerte de Elena, con sus restos, crea una obra y crea, junto al inventor de autómatas Russo, la Máquina de Macedonio. Nolan y Macedonio vivieron años en una isla de soledad; ambos construyen una máquina narrativa. Y una máquina narrativa es la que han encerrado en un museo, en “La ciudad ausente”: la Máquina de Macedonio. Y no pueden dejar de narrar: como la creación de Nolan, que al encontrarla estaba hablando, loca, desesperada de amor por el suicidio del hombre, como la Máquina de Macedonio, que al final de la novela de Piglia continúa narrando, resistiendo a pesar de que las patrullas han tomado la ciudad. En una versión apócrifa de la “Divina Comedia”, Virgilio le construye a Dante una réplica de Beatrice. Macedonio necesitó, según Piglia, su propio Virgilio y este fue Russo, el inventor refugiado en la isla del Tigre. Russo creó, junto a Macedonio, La Máquina. Los creadores (Nolan, Macedonio, Dante, Poe) mueren pero sus creaciones, sus mujeres – autómatas continúan narrando, no pueden parar de narrar, la narración es incesante y es femenina. Elena, Beatrice, Eleonora, Ana, La Máquina de Macedonio. Narrar y narrar. La mujer creada por Nolan, luego del suicidio de su creador, en la orilla, continúa hablando. La obra de Macedonio sigue narrando. La Máquina de Macedonio, Eterna, al concluir “La ciudad ausente”, sigue hablando. Sigue narrando, el discurso se sucede, los relatos se propagan. Y es Elena, y el discurso se disgrega, y es la Amalia de Mármol, y es Molly de Joyce, es todas las mujeres y es, entonces, Evita Perón y entonces es la resistencia – la resistencia peronista comenzó con Eva - claro: la resistencia de la narración que es femenina. Pero es Eva Perón viva, no momificada porque el cuerpo nada es, nos dice Macedonio. No se conserva a la mujer amada embalsamando un cadáver, se la recupera creando una obra – autómata que narre y narre. Esa es la Eva : la resistencia. El hombre inventor da nacimiento a la mujer: ella es la que narra.

LA LENGUA EXTRANJERA

Gabriel del Mazo contaba que Macedonio Fernández, su primo, rasgueaba la guitarra buscando los acordes fundamentales de los cuales, tal vez, decía, derivaría toda la música, como si buscase una suerte de célula primordial. La prosa será como la música: sucesión de estados sin prolijidades de motivación. Macedonio buscará, en sus escritos, también, una suerte de célula primordial del lenguaje. Toda su obra es la búsqueda de ese lenguaje imposible.

Una de las características de “La ciudad ausente” es la repetición, con variantes, de ciertos núcleos narrativos. Uno de ellos es la de personajes que hablan una lengua extranjera, al margen del lenguaje convenido. Macedonio Fernández escribió, el mismo, desde su propia lengua, una lengua extranjera, al margen del discurso. Intentó crear una obra innovadora y para ello utilizó un lenguaje propio, no como los vanguardistas en sus manifiestos, que enumeran sus ideas e intenciones en un lenguaje antiguo. Es que se trata de sí y lo que él está jugando no es el arte sino su vida y la escritura como medio para procurarse una identidad (cuya realización es la ausencia de identidad: lo eterno). Así, entonces, en “La ciudad ausente”, Renzi comenta el caso de un profesor famoso de Budapest, el mayor especialista europeo en el “Martín Fierro” que, refugiado en La Plata , escapando del nazismo, debe aprender el castellano para dictar una conferencia sobre el poema de Hernández. Siempre pensé que ese hombre que trataba de expresarse en una lengua de la que sólo conocía su mayor poema, era una metáfora perfecta de La Máquina de Macedonio. Contar con palabras perdidas la historia de todos, narrar en una lengua extranjera. Otros relatos repiten la misma estructura: sujetos que deben expresarse en su propia lengua, una lengua extranjera, al margen del lenguaje. La expresión máxima es la Isla – Utopía del lenguaje: En uno de los últimos relatos aparece una isla, al borde del mundo, una especie de utopía lingüística sobre la vida futura. Ese es el último relato de La Máquina de Macedonio. Russo, el creador de la Máquina , claro, tenía dificultades con el lenguaje. Macedonio era el único que lo entendía: dos inventores, dos creadores expresándose en una lengua extranjera. Después descubrieron los nudos blancos, la materia viva donde se han grabado las palabras. En los huesos el lenguaje no muere. Yo le voy a hacer ver ese lugar donde los nudos blancos se han abierto, es una isla : allí el lenguaje cambia continuamente y sus habitantes olvidan la lengua anterior. El libro sagrado de la isla es el “Finnegans Wake”: siempre es posible leerlo, está escrito en todos los idiomas: el Finnegans cambia como cambia el mundo y nadie imagina que la vida del libro se pueda detener . Como tampoco se puede detener la Máquina de Macedonio. Hay muchos paralelos Joyce – Fernández, en “La ciudad ausente”: es que ambos estaban en la búsqueda de un lenguaje utópico, primordial, que se vislumbra en obras como el “Finnegans Wake” y “El Museo de la Novela de la Eterna ”. En la Isla del lenguaje no hay recuerdos; se olvida la lengua anterior y con ella los hechos de la memoria. Macedonio, que vivió muchos años en una isla, tras la muerte de Elena, había descubierto la existencia de los núcleos verbales que preservan el recuerdo, palabras que habían sido usadas y que traían a la memoria todo el dolor. Las estaba anulando de su vocabulario, trataba de suprimirlas y fundar una lengua privada que no tuviera ningún recuerdo adherido. Macedonio, voluntariamente, intenta ejecutar aquello que ocurre en la Isla del lenguaje. Muerta Elena, le cuenta Russo a Junior, él ya no podía vivir y sin embargo seguía vivo. Descubrió, Macedonio, que las formas del lenguaje del amor quedan grabadas en los huesos del cráneo. Entonces concibió la idea de entrar en el recuerdo y de quedarse ahí, en el recuerdo de ella. La Máquina de Macedonio es el recuerdo de Elena. La verdadera muerte no es la corporal, siendo los cuerpos meros instrumentos de un psiquismo universal siempre existente, sino el descaecimiento de lo que fue amor, el olvido. Entonces, allí está Elena, Eterna, La Máquina de Macedonio que narra, no puede parar de generar relatos. En este mito de la lengua extranjera, en “La ciudad ausente”, los inventores – Nolan, Macedonio – mueren y sus invenciones - La Maquina , la Mujer de Nolan – continúan, en los bordes – en tanto extrañan a sus creadores – hablando, en la orilla, en los márgenes, un cuerpo es un cuerpo, sólo las voces sirven para amar, resistiendo frente a la realidad y las convenciones del lenguaje: quien controla la lengua controla la realidad, otra convención.

LA RESISTENCIA

Adolfo de Obieta, hijo de Macedonio, le cuenta a Germán García que su padre era un individualista. Tenía terror del Estado. La consigna de Macedonio era: mínimo de Estado, máximo de persona.

En “La ciudad ausente”, El Estado controla la realidad, tortura, asesina, sitia la ciudad, se infiltra para obtener información y manejar las conciencias. Es un Estado terrorista, manipulador de cuerpos y de mentes. Al intentar controlar la realidad, el Estado intentará, también, controlar el lenguaje. Quien controla el lenguaje controla la realidad. El Estado argentino es telépata, sus servicios de inteligencia captan la mente ajena, le dice Fuyita, guardián del Museo donde está la Máquina , a Junior. En esto resiste la Máquina de Macedonio: sus relatos se filtran, se inmiscuyen en la ficción narrativa del Estado. La ficción del Estado es mentirosa pues se autopostula como la verdad. Los relatos de ficción ponen, por el contrario, al descubierto su maquinaria inventiva. Por esto también Macedonio aborrecía del realismo: como el Estado, narra una ficción intentando que ese relato sea tomado como verdadero. El Estado reprime y miente. Los policías dicen: nosotros somos la realidad. Ante eso hay que resistir: hay que influir sobre la realidad, sobre el modelo que se autoproclama como real, ese que, para Ricardo Piglia, se refleja en el modelo japonés de vida - el modelo japonés del suicida feudal, con su cortesía paranoica y su conformismo zen, era para Macedonio el enemigo central - y en la televisión: la televisión es una transmisión de lo que piensa la mayoría.

La inteligencia del Estado es básicamente un mecanismo técnico destinado a alterar el criterio de realidad. Hay que resistir. La Máquina de Macedonio resiste, los que habitan islas del lenguaje, resisten. Han fundado el estado mental, dijo Russo a Junior, la realidad imaginaria, todos pensamos como ellos piensan y nos imaginamos lo que ellos quieren que nos imaginemos. Por eso llevan la Máquina a un museo: quieren transformarla en una pieza muerta. Pero no logran detenerla. Los relatos se suceden. La resistencia es posible. Es posible oponerse a la maquinaria ficcional del Estado. A Russo lo confundían con Ritcher. Ambos, de alguna forma, resisten, burlan al aparato narrativo del Estado con su propia ficción. El Ingeniero Ritcher le vendió una fábrica atómica a Perón, justamente a Perón, sólo con palabras, con la ficción de su acento alemán. Para resistir, entonces, hay que crear una lengua extranjera y propagar relatos, como La Máquina de Macedonio.

¿QUIERES SER MACEDONIO FERNÁNDEZ?

En una entrevista, hace algunos años, en Radio Cultura, surgió el tema Macedonio Fernández. Conjuntamente, pusieron en el aire a Abelardo Castillo, vía telefónica. La opinión de Castillo, que representa la de un sector más o menos amplio de la literatura argentina y de la crítica, fue que Macedonio era un gran conversador, el maestro de Borges, claro, y un humorista ocurrente. Este folklore, esta leyenda en torno a la figura de Macedonio, opaca su escritura pero, sobre todo, como bien dice Germán García, vuelve ridícula a mucha literatura argentina escrita durante y después de él. Abelardo Castillo no debe haber leído en profundidad la obra de Macedonio u opina esto, tal vez, porque Macedonio no era un desesperado por publicar, como la gran parte de los escritores: se concentró en su pensamiento y en su escritura misma, ajeno a toda oficialidad literaria. Macedonio escribió al margen del discurso y, aún en estos tiempos, es un marginal muy a pesar suyo. Macedonio no intentaba producir réplicas sino una máquina de producir réplicas. Como en el caso del fotógrafo de Flores, del que escribiera Piglia, Macedonio intenta producir, de inventar, un lenguaje nuevo. Un lenguaje a la escala de su pensamiento, así como el fotógrafo de Flores construyó una ciudad a la escala de su imaginación. Tengo seguridad que nadie vivo se ha entrado en la narrativa pues personajes de fisiología escribe Macedonio son de estética realista y nuestra estética es la inventiva, postula Macedonio que aborreció, siempre, de la escuela realista, pues es obra con final cerrado, mero intento de copia, mentira por lo tanto, ya que quiere hacerle creer al lector que está leyendo vida. Y Macedonio, entonces, mostrará, al lector, toda la artificiosidad de la escritura. Sólo el arte realista, que no es belarte, dice , carece de personajes, es decir, estos no sueñan ser, porque creen ser copias. Macedonio intentó, y lo hizo explícito, que el lector no caiga en la alucinación de realidad, quiere que su lector sepa que está leyendo novela, un artificio: Yo no doy personajes locos, doy lectura loca y precisamente con el fin de convencer por arte, no por verdad. En esta novela el hombre que fingía vivir no es visto ni aludido, no figura. Para Macedonio el arte no es copia de la realidad, así como los objetos de la realidad no son copias unos de otros. Belarte: invento, artificio. La novela perfecta es la que muestra su propio proceso de creación, la que establece un diálogo con el lector, la que evidencia la irrealidad del texto literario, la obra no concluida: fíjese que su novela no sea con “cierre hermético” sino con salida a otra, porque soy personaje de transmigración. “La ciudad ausente” es una novela en los cuales los personajes de Macedonio han entrado, en su viaje.

Macedonio respondió siempre sólo a sí mismo. Por eso ocupó un lugar marginal, en su época, sin proponérselo. Tuvo un breve paso por el grupo Martín Fierro pero luego dejó de pertenecer a él pues era solamente fiel a sus propios y personales postulados. Dejó de lado el mito de la misión del escritor, el del escritor que se debe a sus lectores y se descubrió como un hombre envuelto en su lenguaje, en duelo personal con su forma de significar la vida. Es por eso que, en “La ciudad ausente”, la Máquina narra la historia del comisario Lugones, a la vez albacea de la obra de su padre, a la vez inventor de la picana eléctrica, arma favorita del Estado terrorista que intenta controlar los cuerpos y el lenguaje. La tortura es el punto culmine. Macedonio lo consideraba un digno hijo de su padre , relata la Máquina , el hijo más digno de su enemigo principal, ya que el comisario, obedeciendo estrictas órdenes del poeta Lugones hizo perseguir y vigilar por la Policía a Macedonio Fernández, durante todos esos años, por puros celos literarios, por envidia del respeto que la sobria actitud de Macedonio suscitaba entre los jóvenes, que despreciaban a Lugones por ser un ejemplo del escritor que siempre se deja usar por los gobernantes y los poderosos y entonces lo acusaba a Macedonio, con razón, de anarquista y antiargentino. Por un lado, Lugones: el poeta nacional, el escritor oficial durante décadas y, por el otro, Macedonio: anarquista individualista, perseguidor tan sólo de sus propios ideales, utopista, escritor marginal. No es raro que suscite, la obra de Macedonio, resquemores, aún entre los escritores oficiales de hoy en día, que son tan celosos del canon oficial de la literatura a la que, claro, creen, deben pertenecer. Se comienza por querer ser diferente y se termina frente al vértigo de no poder recuperar la semejanza, escribió Germán García.

EL PAPÁ DE TODOS

Hay escritores y escritores magos: estos últimos buscan la utopía del lenguaje, la isla, el lugar donde el lenguaje cambia, no se solidifica. Buscan, estos inventores que escriben, que su obra pueda ser leída en todas las lenguas. Es por eso que hay tantas referencias a James Joyce en “La ciudad ausente” y especialmente al “Finnegans Wake”. Macedonio Fernández fue algo así como un Joyce a la americana. Junior, en sus investigaciones sobre la Máquina , buscando a Fuyita, el cuidador del Museo, da con Lucía Joyce: amante de aquel, alcohólica, ex – adicta (entre paréntesis, como de hecho lo está: el discurso de Lucía en esa habitación de hotel, sobre la heroína, es un extracto de un reportaje a Luca Prodan hablando sobre los efectos de esa droga). En fin, que Lucía se llamaba la hija de Joyce. La isla utopía del lenguaje es la isla de Finnegans: está todo dicho. En esa obra Joyce intenta la máxima en su utopía lingüística. El libro sagrado de la isla es, claro, el “Finnegans Wake” que está escrito en todos los idiomas. Así como la Máquina de Macedonio no puede parar de narrar y de generar relatos, en la isla, nadie imagina que la vida del libro se pueda detener. Macedonio influyó tanto en la literatura argentina como Joyce en la literatura europea. Y no se detienen. La Máquina de Macedonio continúa generando relatos: más allá des su imperfecciones sintetizaba lo que vendría. La primera obra, había dicho Macedonio, anticipa todas las que siguen, y recordemos que el “Museo de la Novela de la Eterna ” es la primera novela buena. Macedonio anticipó a toda la literatura argentina posterior a él: se supo que hasta los cuentos de Borges venían de La Máquina de Macedonio. Borges confesaba haber imitado a Macedonio hasta el plagio. Borges es una de las grandes creaciones de la Máquina de Macedonio. Macedonio anticipa también a Cortázar: la sucesión de prólogos de la Novela de la Eterna es el modelo adoptado por Cortázar en “Rayuela”: el libro se puede comenzar a leer por donde uno quiera. Cada lectura obedece a un orden hermético. El fragmentarismo y la discontinuidad es una notable influencia de Macedonio en el Cortázar de “Rayuela”. Macedonio inaugura una nueva tradición literaria: nuevo concepto del lector como autor, desaparición del argumento, desnudamiento del proceso creativo, diálogo lector – autor – personajes, collage. Lo dejo libro abierto: será acaso el primer libro abierto en la historia literaria; literatura como palimpsesto; cada novela es un juego, una lectura sobre las anteriores, la literatura es un diálogo entre libros y de los libros con sus lectores. El libro queda abierto, entonces, para sus sucesores: Marechal, Borges, Cortázar, Saer, el mismo Piglia. Dejo autorizado a todo escritor futuro de impulso y circunstancias que favorezcan un intenso trabajo, para corregirlo y editarlo libremente, con o sin mención de mi obra y nombre. No será poco el trabajo. Suprima, enmienda, cambie, pero, si acaso, que algo quede. Y, entonces, los relatos se suceden. La Máquina de Macedonio produce historias, indefinidamente, relatos convertidos en recuerdos invisibles que todos piensan que son propios. La Máquina está llena de historias, no puede parar, no puede parar. Este informe es su último relato.

Jorge Hardmeier

Bibliografía:

“Museo de la Novela de la Eterna ”, Macedonio Fernández. Ediciones Cátedra, 1995.

“La ciudad ausente”, Ricardo Piglia. Editorial Sudamericana, 1992.

“La ciudad ausente”, Ricardo Piglia; adaptación : Pablo De Santis; dibujos: Luis Scafati. Ediciones Océano, 2000.

“Hablan de Macedonio Fernández”, Germán García. Carlos Pérez Editor, 1968.