por Hernán López Winne
Hace unos meses, Jaim Etcheverry esbozaba por radio un argumento para sostener la opinión de que la educación argentina estaba en decadencia. Proponía como causa central el cultivo de una postura que el rector de la UBA denominaba “la cultura del trabajo”. En su exposición, Etcheverry desarrolló con claridad el concepto: hoy en día, la educación no es prioritaria, porque no es vista como una utilidad. Estudiar no sirve, porque no lleva a la inmediata ganancia de dinero. El gusto por una carrera de grado queda desplazado por la búsqueda del rédito económico. La reflexión de Etcheverry respecto de la educación sirve como disparador para tratar de entender el fenómeno del utilitarismo que cala hondo en la sociedad actual. Un ethos que Weber explicó con lucidez para el siglo XVIII, que había sido resultado de la moral ascética del protestantismo y que, combinado con las máximas de Benjamin Franklin, asistió a la conformación del leit motiv del capitalismo.
El punto central del ascetismo protestante consistía en trabajar para rendirle cuentas a Dios. Ya en lo religioso comenzaba a entreverse la posterior sentencia de Franklin. Como explica Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo , “toda hora perdida es una hora que se roba al trabajo en servicio de la gloria de Dios”. Era pecado dormir de más, desdeñar actividades productivas en virtud del ocio, no hacer aquello que Dios había previsto para los hombres, todo lo englobado dentro del obrar . El fin último era Dios, la ganancia que se obtenía con el trabajo era simplemente un medio para subsistir, para seguir viviendo los días de existencia en el mundo terreno. Los trabajos de Benjamin Franklin fueron la continuación del camino abierto por el ascetismo. Su primer escrito, de 1736, Necessary hints to those that would be rich (Consejos necesarios para aquellos que podrán ser ricos) , acuña la frase patente que nació en la modernidad y que se ajusta a los días que corren: “Piensa que el tiempo es dinero”. Y luego completa: “Quien malgasta una pieza de cinco chelines, asesina todo cuanto hubiera podido producirse con ella: columnas enteras de libras esterlinas”.
La idea de lo útil aparece como deducción de un falso silogismo. Si el tiempo es dinero, y el dinero es lo único que sirve, no perder tiempo es útil. Lo útil, multiplicado hacia el infinito, se transforma en lo necesario, lo indispensable. La provechosa utilización del tiempo – provechosa en cuanto productiva, generadora de riqueza –, es entonces la reguladora de las acciones. “Malgastar” tiempo es “malgastar” dinero, y “malgastar” dinero implica una necesidad mayor de tiempo para producir ese dinero. El lugar que antes le era reservado a Dios lo tomó el dinero y, desde el siglo XVIII, progresivamente, se apropió de esa ubicación en el pedestal para no abandonarla nunca. El obrar ya no es para Dios. Es para el dinero.
La utilización de los términos “malgastar” y “gasto” remite siempre al dinero o, en su defecto, al tiempo. ¿Es que no hay otras cosas que puedan gastarse? Por otra parte, decir que algo se gasta mal, ¿con qué autoridad se afirma? ¿Estamos en condiciones de sentenciar con certeza qué es lo malo y qué es lo bueno? ¿Podemos sustentar con argumentos una universalidad que divida lo útil de lo inútil? Georges Bataille encontró la respuesta en 1933, reaccionando contra un sistema que amenazaba con imponerse dogmáticamente, sin resistencia: “No existe ningún medio correcto (...) que permita definir lo que es útil a los hombres. (...) Se alude, hipócritamente, al honor y al deber combinándolos con el interés pecuniario y, sin hablar de Dios, el Espíritu se usa para enmascarar la confusión intelectual de aquellos que rehusan aceptar un sistema coherente” . Bataille introduce luego el concepto de gasto improductivo, que propone como escape – siempre momentáneo, transitorio – al orden homogeneizante capitalista. El erotismo, la poesía, la música, la danza, la lectura, todas ellas “actividades con un fin en sí mismas”, forman parte de un vasto repertorio de posibles gastos improductivos. Gastos que se salen de la lógica capitalista, que no son funcionales a un fin o a la realimentación de la rueda económica. Pensar la vida desde ese punto de vista, a partir de comportamientos que no son medios ni instrumentos; apoyarse en un lugar que ofrezca una salida más allá del clásico principio de utilidad, es intentar escapar a un sistema que, basado en el consumismo, pretende absorber toda individualidad, toda posible heterogeneidad, para ubicarlo bajo su órbita.
¿No es posible pensar una vida fuera de los cánones utilitaristas? ¿Hay alguna chance de escapar al pensamiento consumista, que obliga a obtener dinero para luego gastarlo en aquello que deviene necesario por gigantescas operaciones publicitarias? Si coincidimos con Heidegger en que este es “un mundo para el cual sólo vale lo inmediatamente útil”, ¿no hay que defender la inutilidad que reside en leer un libro o escuchar un disco? ¿No es esa inutilidad la que el pensamiento utilitario trata peyorativamente? Si creemos que Rayuela, El Aleph o Adán Buenosayres tienen una “utilidad práctica”, un rédito inmediato, un beneficio para el futuro, estaremos equivocados. Pero el error será más bien anterior: no hay que preguntarse por el “rédito”, o el “beneficio”. Tanto la lectura, como la educación formal – y esa es la crítica de Jaim Etcheverry – ofrecen caminos para salir de la visión consumista. Ir a la universidad, al colegio; presenciar un espectáculo, adquirir una novela, no aseguran la ganancia de dinero y sí insumen tiempo. Lo inmediatamente necesario es que la mentalidad “improductiva” reemplace a la “productiva”. Sólo así podrá ser valorado todo acto poiético, creativo; una escritura, una lectura, “la aparición de algo que antes no existía” .
El utilitarismo persistirá y de ello no hay duda. Hay que propender hacia un escape, hacia una fuga, que nos permita enfrentarnos con nuestra cotidianeidad de una manera mucho más disfrutable. Es esencial embestir contra la rutina del trabajo, la cultura del “si no sirve para qué hacerlo”, los consejos de Franklin, que valora las virtudes en tanto sean funcionales a la ganancia de dinero –“sé honesto pero sólo en la medida necesaria”. Sólo oponiéndonos al nuevo ethos que el capitalismo pretende imponer, podremos encontrar el verdadero significado que debieran tener nuestras acciones. Si viéramos el amor con ojos utilitaristas, nuestra existencia sería tan vacía que no nos permitiríamos pensar en la posibilidad de vivir en compañía de otro.
Bataille, Georges, “La noción de gasto ”, en: La parte maldita , Ed. Icarya, 1987.