lunes, 28 de julio de 2008

Narración y vida cotidiana



por Hernán López Winne


¿Hay algún modo más preciso, distinto de la narración de historias, de dar cuenta de nuestra existencia? ¿Seríamos capaces de afrontar un día entero sin contar una anécdota, un suceso, algo “digno de compartir con otros”? El relato de nuestra vida cotidiana es el mecanismo de autodefinición que tenemos interiorizado y automatizado. Nuestra mente funciona como un archivo de acontecimientos que luego seleccionamos para comunicar. En todas las expresiones acerca del mundo en que vivimos aparece el lenguaje como instrumento crucial de descripción y explicación; las palabras son las encargadas de proveernos de maneras de asimilar nuestras vivencias. Y no hay otra forma de hacerlo sino a través de la narración.

El interés por lo narrativo puede remontarse a Aristóteles, a la noción de mímesis como “imitación (representación) de la naturaleza”. En la Poética , el filósofo griego estudia la tragedia, la poesía épica y la comedia, con un método similar al que luego utilizará Todorov . La mayoría de los estudios que se interesaron posteriormente por abocarse al arte de contar historias surgieron muchos siglos después. El primer gran teórico de los relatos populares fue el formalista ruso Vladimir Propp, que en 1928 publicó la Morfología del relato popular. Los posteriores aportes de Bajtin, Barthes, Todorov y Greimas, entre otros, dieron forma a un estudio intensivo de los elementos que intervienen en las narraciones literarias: la formalización de los cuentos populares; el análisis de lo ficcional-no ficcional; el desarrollo de esquemas que podrían explicar qué acciones son primarias y cuáles secundarias dentro de una historia. Pero el abordaje de lo narrativo en la vida cotidiana tuvo que esperar a la corriente fenomenológica de la sociología norteamericana. En este sentido, los aportes de Harold Garfinkel son esenciales para entender la puesta en marcha de la utilización de lo narrativo como dispositivo de entendimiento del mundo.

La etnometodología, disciplina que estudia “el hecho de que el mundo se dé por sentado” , incursionó en la década del 60 en un terreno inexplorado por las ciencias sociales: se abocó a pensar sobre aquellas operaciones previas a las acciones humanas que hacen que éstas sean previsibles y dadas por descontadas. Responder “bien” a la pregunta “¿cómo estás?”, aunque uno esté en el peor de sus días, es el ejemplo perfecto de lo que Garfinkel describe a través de su tesis. Entramada con eso que no se cuestiona, aparece la narración. El sujeto, a lo largo de sus días, vive y puede comunicarse gracias a que puede contar historias. La narración obliga, de alguna forma, a interactuar. Nadie explica lo que le ha pasado durante el día frente al espejo, o solo, en su habitación, mientras descansa. El carácter relacional de la narratividad es otro aspecto fuerte que no puede ser dejado de lado. Incluso en los diarios íntimos, el Yo se cuenta historias a sí mismo. Pero no deja de haber comunicación: el sujeto se conecta con su interior. Se transmite a sí mismo descripciones de aquello que le aconteció. “Los ambientes en los que nos movemos, hablamos, actuamos, las personas con las que estamos en interacción, representan para nosotros un universo normal (...) los métodos con los que planteamos la normalidad, continuidad y estabilidad de la realidad social de la vida cotidiana, son el objeto del estudio etnometodológico” . Esos métodos no son más que la puesta en discurso de nuestras acciones.

Las explicaciones sobre el comportamiento humano que brinda Garfinkel convergen todas en un mismo punto: el carácter reflexivo de las prácticas sociales; reflexivo en el sentido más lato de la palabra. El individuo vive, se mueve en el mundo y al mismo tiempo, explica ese mundo. En esa explicación, lo que hace es narrar lo que ha hecho. Es decir, que lo acontecido es también discurso. Para explicar lo cotidiano es necesario decirlo, nombrarlo, a través del lenguaje. Y ese lenguaje es la condición de existencia de lo que Bruner ha llamado la Fábrica de historias .

¿Cómo explicamos la ansiedad que nos genera saber algo oculto a los demás? ¿Cuánta importancia tiene para nosotros poder contarle detalladamente a nuestro mejor amigo la hazaña que conseguimos al aprobar un examen oral o al conseguir un buen trabajo? La presencia de este elemento heroico es lo que define en gran medida el discurso del sujeto sobre su cotidianeidad. “(...) nos referimos a acontecimientos, objetos y personas por medio de expresiones que los colocan ya no simplemente en un mundo indiferente, sino antes bien en un mundo narrativo: ‘héroes' que condecoramos por su ‘valor' (...) y cosas semejantes” .

Volvamos a la Grecia de Aristóteles. Los juicios se resolvían según la plausibilidad de los discursos de quien estaba siendo juzgado. La capacidad para convencer al auditorio de su inocencia era lo que le valía ser condenado o absuelto. Hoy, en los juicios con jurado, como en Estados Unidos, ese valor se mantiene. La narración, la gestualidad y la oratoria del abogado es lo que pesa más, independientemente de las pruebas. Lo retórico cobra envergadura, desplazando a lo fáctico.

En definitiva, es imposible negar el carácter esencial de lo narrativo en nuestras prácticas. Aunque podamos considerar que es algo tan automatizado que actúa, en algún sentido, de forma inconsciente, nunca escapamos de su red. Las explicaciones que nos piden nos inducen a lo narrativo. El ocio y los encuentros sociales nos llevan hacia el ímpetu de contar historias. Todo se hace relato, los acontecimientos se transfiguran en discurso. Se falsean, se amplifican o minimizan. Y se constituyen como eje de nuestra vida.

Aristóteles, Poética, Ed. Leviatán, Buenos Aires, 2002.

Wolf, Sergio, “Harold Garfinkel o la evidencia no se cuestiona”, en: Sociologías de la vida cotidiana, Madrid, 1988.

Op. cit..

Bruner, Jerome, la Fábrica de Historias, Editorial Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.

Op. cit, p. 21.