lunes, 28 de julio de 2008

El sueño de Descartes


por Gustavo Varela


La tarde del 10 de noviembre de 1620 René Descartes decidió, frente a un hogar a leños, vestido de uniforme militar, reconstruir los fundamentos de toda la ciencia de occidente.

Ni más ni menos. Por la noche de ese mismo día, mientras dormía, tres sueños sucesivos confirmaron su intención: en el primero, sueña que está en una calle, con mucho viento y, como tenía problemas en la pierna derecha, no puede mantener el equilibrio y está siempre a punto de caerse. Unos amigos lo auxilian y apenas si logran mantenerlo en pie. Se despierta agitado, y vencido por el cansancio, vuelve a dormirse. Entonces sueña que un trueno luminoso se descarga dentro de su habitación, y el mismo sonido que cree escuchar lo despierta de un sobresalto. Por fin, luego de dar vueltas en su catre de campaña, logra dormirse nuevamente y tiene allí su última iluminación: sueña que encuentra un diccionario encima de una mesa junto a otro libro en el que tropieza con una pregunta escrita en latín: Quid vitae sectabor iter? (¿Qué clase de vida debo seguir?).

Los errores del pasado, el poder de la razón que se desprende sobre él con la fuerza de un trueno y el camino del conocimiento verdadero son los indicios que le dan a Descartes la interpretación de cada uno de sus sueños y que al fin, lo convierten en filósofo.

Así comienza la historia de la razón moderna, a orillas del río Danubio, en los cuarteles de invierno de la guerra de los Treinta Años, de la mano del capricho de un mercenario francés, que cree que el destino de toda la ciencia está en sus manos, y en la oscura certidumbre de su estado onírico.

Es entonces un sueño personal, una noche de truenos y enigmas, lo que le va a permitir a Descartes sembrar las reglas de su método, como un suelo de nubes en el que la razón de occidente hunde sus principios y encuentra sus certezas, sus modos, árboles firmes y tensos enraizados en la seda. Las sombras del bosque protegen los procedimientos de la ciencia nueva, le dan un sendero y una dirección. El espíritu allí ha de conducirse invariable, sin sobresaltos, sabiendo que las marcas de su camino son seguras.

En 1640, después de haber caminado y leído del libro del mundo, encuentra al fin un sillón donde sentarse, para escribir las Meditaciones Metafísicas , un escrito autobiográfico que dará respuesta al enigma de su sueño. Y nuevamente el suelo firme se vuelve arena, porque el autor entra en escena; la pretensión de la razón de establecer los principios universales de la ciencia tiene un rostro, una bata, una estufa, una primera persona, René Descartes, que muestra por primera vez el laboratorio de un filósofo por dentro, la manera de pensar, la intimidad, las necesidades y el calor de su cuarto. Nunca antes un pensador había abierto las puertas de su casa.

Y allí, sentado frente al fuego, descubrimos que Descartes, el mismo que nos abrió la puerta, es un hombre desconfiado. Porque instaura el recelo, la duda, la intriga como procedimiento para que la filosofía pueda encontrar sus verdades. Es decir, cuando Descartes escribe las Meditaciones Metafísicas , escribe un libro que habla de la sospecha, un tratado sobre la desconfianza. ¿Cómo hacemos nosotros para sospechar de este mundo que se nos ha construido y en el que creemos ciegamente hace más de mil años?

Porque la verdad siempre elige como recorrido el camino más absurdo: se construye derribando, la razón encuentra su raíz en los sueños, la duda y la sospecha son el fundamento de la realidad. Al fin, los ojos ciegos del que abandona su pasado pueden construir el edificio de lo que vendrá.

Apenas le bastaron dos páginas, una sola de sus meditaciones, para detener el mundo. Allí, Descartes es un hombre vulnerable, porque se ofrece de entrecasa, como aquel que no tiene certezas, alcanzado por la tormenta de la sospecha que lo tambalea y le tuerce las piernas.

La primera de las meditaciones metafísicas es el final de más de mil años de historia. Descartes está dispuesto a cargar, a partir de ese momento, con el peso que arrastró Aristóteles durante toda la Edad Media. Para ello necesita poner el mundo entero entre paréntesis, ubicarlo frente a sus ojos y exponerlo, para después buscar el camino que lo lleve de regreso. La instancia es dramática: abandonar el lazo que une al hombre con la realidad, desconfiar y poner en duda todo lo que es, a Dios, a la ciencia, a todo el saber, Descartes, educado entre jesuitas, un horizonte en cruz, y la verdad como camino de salvación. En bata y delante del fuego, nos invita a presenciar, desde la ventana de su habitación, el naufragio del pasado, el suyo personal que es el de todo el pensamiento. Descartes arrastra la vocación religiosa de pretender hallar un punto de apoyo, un suelo firme; quiere ver al universo sostenido en un solo punto. Y descubre que ese punto está en su casa, en su cuarto, donde él está. El mundo entero, al comienzo de la primera meditación, está en sus manos y es, entonces, cuando decide destruirlo y hacer otro.

La razón encuentra en un sueño su origen y en la destrucción de un incrédulo su método.