jueves, 19 de junio de 2008

George Orwell (1903 – 1950). Pensamiento vivo a pesar de la muerte


La exigencia de ser simple, en un mundo pretendidamente complejo.

por Hernán López Winne

Clavó su mirada en la enorme cara encima de él. Le había llevado cuarenta años aprender el tipo de sonrisa que se escondía debajo de ese mostacho oscuro. (...) Ya estaba todo bien, el esfuerzo sufrido había terminado. Había vencido sus propios prejuicios. Ahora amaba al Gran Hermano.”

George Orwell, 1984

La metáfora utópica del título es más una declaración de principios que una afirmación constatada. Decir hoy, en un mundo plenamente capitalista gobernado por los deseos egoístas, donde el interés por el otro ha sido eliminado y el individuo está tan atomizado, que el pensamiento de Orwell sigue vivo, implicaría ser parte de una mentira. Lo que hay que destacar es que el tiempo dejó su marca y el esfuerzo de Orwell de anticipar el futuro político de la humanidad no fue en vano. Si bien sus advertencias fueron desoídas, sus predicciones pueden verse cristalizadas en la mayoría de las sistemas políticos adoptados en distintos espacios geográficos (después de todo, ¿quién quiere renunciar al control total sobre los ciudadanos?).
Evocar a Orwell implica defender ciertas ideas y formas de expresión que en algunos casos pueden resultar chocantes, pero que vistas con seriedad se traducen en una herramienta para intentar cambiar el curso de la historia.
Es necesario destacar una doble capacidad propia del escritor nacido en India en 1903 bajo el nombre de Eric Arthur Blair. En primer lugar, poder mostrar con claridad los puntos oscuros de cada sistema político propuesto como alternativa en su época, tomando por “época de Orwell” a los años en los que pudo producir escritos: entre 1922 y 1949. Todos los “ismos” en boga – comunismo, socialismo, fascismo, stalinismo – siempre fueron atacados por Orwell. En segundo término, ser capaz de exhibir su propia postura, sin rodeos. Criado en un momento críticamente imperialista, en una familia sostenida por el padre, que cumplía servicio en la policía británica, Orwell se encargó de redactar numerosos ensayos contra el imperialismo británico, valiéndose también de su propia experiencia (siguió los pasos de su padre entre 1922 y 1927 en la Indian Imperial Police). En Matar un elefante 1, ensayo escrito en 1936, su ira antiimperialista no deja margen para la duda:

“Ya había decidido que el imperialismo era funesto y que cuanto antes renunciara a mi trabajo y saliera de allí, mejor. (...) En un puesto como ése uno ve de cerca el trabajo sucio del Imperio. Los desgraciados prisioneros hacinados en las jaulas malolientes de las cárceles, los rostros grises e intimidados de los sentenciados a mucho tiempo de prisión, las nalgas llagadas de los hombres a quienes habían azotado con ramas de bambú; todo eso me oprimía con una intolerable sensación de culpa.”

Nuevo mérito de Orwell: salir de un sistema torturador del que había sido partícipe.
Del mismo modo en que su experiencia le había permitido detestar el imperialismo, su visión anticipadora le hizo observar los fatales objetivos del estalinismo. Diferenciado de una izquierda comunista que en un principio había sido seducida por el líder soviético, Orwell nunca pasó por una etapa tal. No se enmarcó dentro de una “derecha” o una “izquierda”, y eso lo diferencia del resto de los pensadores. Nunca fue parte de aparatos totalizadores. “La verdad sobre el régimen de Stalin, afirma Orwell, es de máxima importancia. ¿Es socialismo o una forma particularmente depravada del capitalismo de Estado?”
Esa postura lo llevó a ser duramente criticado por la izquierda, sobre todo por reconocidos autores como Raymond Williams y Edward Said. Y en este punto debemos quedarnos para analizar el problema más grave que se ha suscitado en torno a la obra de Orwell: sus malas lecturas.
Citadas por Cristopher Hitchens en La victoria de Orwell 2 están las palabras de Raymond Williams en torno a 1984, el último libro escrito por Orwell en 1949, un año antes de morir, tuberculoso, a los 47 años de edad:

“Es necesario decir, por más doloroso que sea, que si la tiranía de 1984 alguna vez tiene lugar, uno de los principales elementos de preparación ideológica habrá sido precisamente esta manera de ver a ‘las masas’ (...).”

Es por demás extraño que un autor tan importante para la izquierda (la “New Left Review”), tan prolífico en sus escritos sobre Marx y Gramsci, haya incurrido, intencionalmente o no, en el error de confundir el punto de vista del personaje con el pensamiento del autor. ¿Acaso algún lector de 1984 puede llegar a pensar que Orwell construyó el mundo gobernado por el Gran Hermano para mostrarse a favor de ese sistema totalitario? ¿O es en realidad una descripción de un sistema tiránico y dictatorial como el estalinismo que ganaba lugar en la Unión Soviética?
En torno a la izquierda, las críticas hacia Orwell fueron todas de esta calaña, aduciendo que lo que escribía, lo que ponía en boca de sus personajes era parte de su pensamiento. Ocurrió lo mismo con Animal Farm, donde su Napoleón fue duramente criticado, al igual que el resto de los cerdos, identificados obviamente con los soviéticos partidarios de Stalin.
Pero los principios de Orwell resistieron los golpes y permanecieron incólumes a lo largo del tiempo. Nunca dejó de atacar las acciones imperialistas en Birmania, India y Rhodesia, por mencionar unos ejemplos, jamás cejó en su tarea de escritor de defender lo que él creía esencial para poder transmitir sus ideas a los otros: el lenguaje. La palabra, para Orwell, era el instrumento para llevar adelante toda política, “en el sentido amplio de la palabra”. En Por qué escribo 3, ensayo escrito en 1946, Orwell marca como uno de los principios fundamentales de la escritura el tener propósitos políticos:

“(...) Usando la palabra ‘político’ en el sentido más amplio posible. Deseo de llevar al mundo en determinada dirección, influir en el pensamiento de personas e impartir nuestras ideas sobre el mundo por el que hay que pelear. La postura según la cual el arte no tiene nada que ver con la política es en sí misma una actitud política”

Es verdaderamente interesante releer cualquier obra de Orwell y notar la sencillez que exhibe a la hora de poner por escrito sus ideas. Quizás sea esta la diferencia más grande respecto a otros escritores políticos con posturas elitistas. Opuesto a Theodor W. Adorno, uno de los más importantes integrantes de la Escuela de Frankfurt, Orwell postulaba con razón que en una democracia abierta las ideas necesitaban ser expresadas sin rodeos, sin un lenguaje “superior y propio de los eruditos” que es obviamente rastreable en escritos como los de Adorno, Horkheimer y Marcuse. No es el objetivo aquí decir que una alternativa es correcta y la otra no (Orwell no lo aceptaría); sí es necesario tomar partido, desde la situación actual, por la primera opción. Porque cuando los intelectuales parecen escaparse de la sociedad, escindirse hacia su propio terreno y dejan de ser lo que Gramsci proponía que fueran: los intelectuales orgánicos, portavoces de la contrahegemonía, queda en el resto de la sociedad ejercer esa tarea. Y no hay otra manera de entenderse entre todos “iguales”, “no intelectuales”, que a partir de un lenguaje intencionadamente directo. Sin despojarlo de toda su belleza, de la belleza intrínseca de las palabras, pero apropiándoselo de un modo accesible a todos.

En definitiva, postular una manera de pensar “orwelliana” es promover una forma de expresión obligada a no corromperse. Ésa es la esperanza mayor a la que podemos aspirar para intentar resolver algunos problemas claves de este siglo XXI. Amparados en el título que abrió la nota, hay que creer que en algunas mentes, aunque sean pocas, Orwell está vivo.


Notas

1: Orwell, George, “Shooting an elephant”, en: A collection of essays, Bookbridge, Estados Unidos, 1960.
2: Hitchens, Cristopher, La victoria de Orwell, Emecé editores, Buenos Aires, Argentina, 2001.
3: Orwell, George, “Why i write”, en: op.cit.