por Hernán López Winne
Fanatismo religioso, fanatismo político, fanatismo futbolero, fanatismo tecnológico. Versiones de intolerancia, al interior de un mundo cada vez más autodestructivo.
El año que pasó fue testigo de numerosos conflictos sociales que acrecentaron la ira en el seno de una sociedad convulsionada, aún herida por la paupérrima gestión gubernamental de Fernando de la Rúa y los trágicos sucesos de diciembre de 2001. En las últimas semanas de este ¿malo? ¿bueno? ¿aceptable? 2004 afloraron las huelgas del gremio de la recolección de residuos, de los telefónicos, del transporte. Ante situaciones tirantes donde las respectivas empresas (herencia impecable de los noventa), no cumplieron con medidas y salarios pactados, los trabajadores recurrieron a medidas de fuerza, incluidas como derechos en la Constitución Nacional.
Consternados por semejantes barbaridades (leáse por barbaridades, protestar y pedir que se cumplan las condiciones de trabajo), los demás ciudadanos - los que no tienen inconvenientes de esa índole - se hicieron oír en los medios, quejándose por la falta de solidaridad de sus compatriotas que deberían brindarle los servicios en tiempo y forma (subte, trenes, recolección de basura, etcétera). También estuvo en el centro de la opinión pública la discusión sobre la inclusión de la educación sexual en los programas de estudios de los colegios. Amparados en viejos designios religiosos, algunos grupos encontraron a la propuesta una violación de los principios de la Iglesia. Y la Iglesia satanizó una muestra de arte de León Ferrari...
No hay nada nuevo en todo esto. Nuestra corta historia aporta numerosos ejemplos de conflictos, disconformidades y demonizaciones. Desde el humanismo de Domingo Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, que defendían el voto universal pero sólo para los "cultos" y creían en la superioridad europea y la ventaja de eliminar a "los criollos"; pasando por el fetichismo extranjerizante del clan Roca-Juárez Celman-Pellegrini, la violencia yrigoyenista y su paternalismo ante los obreros (paradójico, ¿no?), y el pendularismo peronista; hasta la dictadura militar que comenzó el 24 de marzo de 1976 - precedida por la funesta experiencia de Onganía - sólo tuvimos en el país gestos aniquiladores. Indudablemente, la impronta tristemente violenta del accionar de Videla y compañía marcaron un punto de inflexión en nuestra historia, que dio origen al título de esta nota. Tal vez por miedo, tal vez por caer en la desconfianza hacia el otro inyectada por los militares, el individualismo ganó espacio en los últimos treinta años. Terminó resultando imposible mirar al necesitado, porque éste se convertía en un nuevo enemigo.
¿Qué hace la sociedad hoy? ¿Por qué reaccionamos con irreparable extremismo ante situaciones ineludiblemente conflictivas? Arremetemos con fuerza contra el gobierno por la inseguridad, la pobreza y el hambre; observamos sin equivocarnos que el nivel de desempleo es el más alto en mucho tiempo. Pero cuando hay un piquete, también destacamos que los piqueteros cercenan "los derechos de los demás". ¿No somos todos iguales, los que protestan y los que no necesitan hacerlo? ¿No saldríamos a tomar medidas de fuerza si hiciéramos el trabajo insalubre que realizan los recolectores de residuos - porque es insalubre, de eso no hay dudas - , y no cumplieran con lo que nos prometieron? En el seno del pensamiento colectivo, las diferencias parecen acentuarse cuando la situación individual se ve afectada, y el sentimiento comunitario de solidaridad con el otro se plasma cada vez que hay un reclamo, siempre y cuando no afecte particularismos. En esas ideas, ambiguas desde el inicio, yace el más básico fanatismo.
Solidaridad con quien también es como nosotros e intolerancia y repudio con los otros. Con este esquema, puede comprenderse que estemos en contra del capitalismo voraz que mata de hambre a mucha gente pero a favor de la caída de las Torres Gemelas, como símbolo de ese capitalismo, hecho que llevó consigo la muerte de muchas personas. Entendiendo este funcionamiento ideológico, caemos tristemente en una paradoja irreversible, un círculo vicioso que es igual a la serpiente que se muerde la cola. Porque ese fanatismo que puede deducirse de cada acto social, se transpola a distintas esferas de la sociedad. Y con extrema sencillez, nos encontramos peleando unos contra otros, sin motivos verdaderamente convincentes. Ricos contra pobres, peronistas contra radicales, River contra Boca, tecnócratas contra tecnófobos...
Cuando terminaba el año y dábamos paso a un esperanzador 2005, ocurrió ¿lo menos esperado? La triste tragedia de República Cromañón volvió a movilizar a la ciudadanía, que parecía estática tras las manifestaciones masivas por el corralito. ¿Cuánto durará el recuerdo? ¿Cuán verdadera es la solidaridad? ¿No es lamentable que tengamos que dudar de nosotros mismos? Lo cierto es que - y lo marca la historia reciente - cuando haya una marcha cortando las arterias más importantes del tránsito, nos habremos olvidado, intencionalmente o no, del pesar de las familias de las víctimas y de la horrorosa cantidad de muertos. Seguramente se entenderá a los manifestantes, "pero todos tenemos derecho a circular libremente".
No parece existir un concepto intermedio, mediador, que concilie las posturas extremas, fanáticas que nos gobiernan. Aún desde la cúpula presidencial, se habla siempre en términos de detractores y partidarios, de los buenos y los malos. De que la culpa es de Ibarra o de los bomberos o de la gente. Pasó con el cuento chino, auténtico boom en la opinión pública, que logró provocar en el Poder Ejecutivo algo realmente inaudito: en menos de una semana, los orientales pasaron de ser los salvadores de la patria a los malos de la película. Hoy, por supuesto, ya nadie se acuerda de Hu Jintao (¿quién?), pero su cara fue repetidamente mostrada en los diarios más importantes del país. También ocurrió con el caso bien resuelto de Patricia Nine: un oasis en el desierto permitió que la policía bonaerense cambiara, de un viernes a un lunes, insultos por elogios, que se condecoraran policías y se frenara la caza de brujas.
En medio de todo, "el pueblo argentino", "la sociedad"; o el colectivo imaginario que más nos guste, ve pasar los días con angustia, ante la severidad de los hechos que se repiten día a día. Lamentablemente, contagiada de ese fanatismo, imprime a sus expresiones públicas y cotidianas la ambigüedad típica del fanatismo ya descripto. Cae en el círculo vicioso de las paradojas, sin ver que en ese juego diábolico los criticados y los que critican son lo mismo, sin darse cuenta de que los males, para unos y para otros, serán siempre potencialmente los mismos y que tal vez, en el futuro, los piqueteros sean esos que hoy se quejan ante el caos del tránsito y la pérdida del presentismo.