por Mariana Kozodij
Una experiencia llena de vida, tolerancia y respeto que data desde hace miles de años entre las comunidades indígenas del norte argentino.
Es atrayente cuando uno recibe vía e-mail una invitación para un casamiento, digo atrayente por dos motivos: primero, resulta curioso recibir por correo electrónico una invitación a un casamiento entre personas a las que uno nunca vio en su vida; segundo, es aún más emocionante ser invitado a presenciar la ceremonia de enlace entre miembros de una comunidad indígena. Un hecho poco habitual, y no porque los hermanos originarios no se casen, sino porque no es usual que se realicen rituales semejantes a los que efectuaban sus ancestros milenarios. Por supuesto, acepté la invitación y empecé el viaje.
Abrí la ventanilla del tren en una tarde calurosa, iba en camino hacia Villa Elisa, al sur del Gran Buenos Aires. El trayecto fue rápido, el tren avanzaba por el túnel verde que conforma el Parque Pereyra Iraola al rodear las vías, llenando de esencias dulces el vagón, esencias que se mezclaban con el sudor de camisas y el polvo de las paredes de lata que crujían. Bajé en una estación que parecía de juguete, con su techito rojo y un camino serpenteante que se perdía tras unos edificios de siglos pasados.
Y a partir de allí me perdí en un mundo diferente, tan actual como arcaico, lleno de ambigüedades donde ser sólo testigo no alcanzaba.
Después de caminar por la ruta rodeada de árboles vetustos y acompañada por el silbido de los "bicho feo" que volaban de rama en rama, llegué a Rincón Andino, un lugar que como lo indica su nombre era un verdadero rincón alejado de la ciudad.
Tras tocar una campana para anunciar mi llegada y la de otros que venían siguiendo el mismo camino ingresamos al lugar de encuentro para compartir y ser parte de la ceremonia.
Un círculo conformado por hermanos blancos e indígenas rodeaba a los novios kolla Carolina y José, que ubicados en el centro, miraban con detenimiento cada instante de luz que el escurridizo tiempo regalaba ante la cercanía de la noche. Los novios estaban extasiados por los aromas de collares de flores silvestres que pendiendo de sus cuellos endulzaban todo el lugar.
El más anciano del grupo presente, quebró el silencio sólo hasta ese entonces interrumpido por el canto del viento entre el follaje. Santos Mamaní, anciano de la comunidad originaria de los Kilme, fue quien realizó la ceremonia en la que todos los elementos-agua, fuego, tierra y aire- tuvieron su lugar e importancia.
Entre el murmullo de las hojas y el zumbido de cientos de pequeños insectos, Mamaní comenzó agradeciendo a la Pacha Mama y al Tata Inti (la deidad masculina) por permitir la unión de dualidades, porque de eso se trataba de unir dualidades: cielo-tierra, macho-hembra, hombre-mujer y de realizar una comunión con la naturaleza circundante.
Luego de continuas palabras de agradecimiento y de permiso a la naturaleza para realizar la ceremonia, Rincón Andino se fue perfumando con la fragancia de la coca quemada, mientras los novios recibían mazorcas, calabazas y queso de cabra como regalo de la madre tierra. En el centro del círculo integrado por los invitados, se alzaba un altar, en cuyo suelo de arena se encontraban enclavadas las banderas de la biodiversidad que coronaban los bastones de mando. Estos bastones de diversas maderas como lapacho y quebracho estaban tallados en sus extremidades con la forma de cabezas de ave completadas con plumas de cóndor que se agitaban con el zigzagueante humo de la coca que se consumía lentamente en una tinaja de barro.
Los novios, Carolina y José, escuchaban atentamente cada palabra, cada sonido y observaban cada gesto con admiración, como lo hacen los gurruminos que empiezan a conocer el mundo fuera del abrigo de su madre. La espera de la concreción del enlace era sobrellevada a través de cada uno de los reconocimientos que debían hacer los novios por los favores otorgados.
Recién cuando la ceremonia estaba llegando a su fin, Mamaní encorvándose y levantando la punta de su poncho color tierra para que no tocara el suelo arenoso, desenterró un bastón de mando y se lo entregó a José mientras el círculo de invitados alzaba sus brazos al Tata Inti gritando Jallalla, una forma de saludar a los novios y darles la bienvenida a un nuevo estadio en el mundo. Los gritos de alegría se sucedían mientras pétalos rojos, blancos, anaranjados y rosas caían sobre nuestras cabezas y el color y la fiesta estallaban en el redoblar de bombos, ankaras, y quenas.
Más tarde cada uno de los integrantes del grupo e invitados, pronunciamos algunas palabras de aliento a los recién casados cerrando un círculo, que aun hoy en día, representa un símbolo de poder, fuerza y protección para los pueblos del norte argentino.
Una vez que Mamaní pronunció la última oración mientras la coca se consumía completamente en la tinaja, la fiesta comenzó, llenando el aire de Rincón Andino con aromas y sonidos provenientes de un chisporroteante horno de barro que cocinaba el anticucho, una especie de brochette de hígado, riñón y corazón saborizados con una deliciosa salsa picante que fue pasando de generación y generación -y de la que no pude obtener la receta- . Mientras el aroma de la carne cocida inundaba el lugar, el agua burbujeante llena de cenizas guisaba el mote, una clase de maíz que se cosecha en el norte y que utilizan los kollas cuando realizan viajes de varios días a través de los montes.
Después de saborear las comidas típicas y de beber litros de relatos, mitos y leyendas, algunos kollas, kilme, mapuches y guaraníes enarbolaron las banderas de la biodiversidad y al ritmo de quenas, ankaras, erquenchos, bombos y tambores se inició el baile, donde los blancos hicimos alguno que otro papelón tratando de imitar los pies danzarines de los hermanos indígenas que hacían los mismos pasos vivaces que sus ancestros hace siglos en la quebrada.
La fiesta se prolongó hasta casi el amanecer, entre coplas y un buen humor que el rocío del nuevo día no logró alterar. Ya había numerosos pespuntes rosados y alguna que otra lechuza dando unas últimas vueltas antes de volver a su nido, cuando todos los invitados nos fuimos cantando mientras caminábamos por la ruta hacia la estación de tren.
Aunque el día devolviera los colores a las cosas, la fiesta de Carolina y José ya se había apoderado de las tonalidades de un mundo diverso, donde el convivir y el respeto hacia el otro habían estado invitados al casamiento.