lunes, 16 de junio de 2008

Contra el mito de la página en Blanco

por Gabriela D'Odorico


Un hombre de ceño fruncido manotea una vieja máquina de escribir de la que proviene un martilleo metálico arrullador para, los que hace rato, duermen. La luz de una vela proyecta una silueta oscura que se mueve afiebradamente al compás de los trazos y de las tachaduras de la pluma sobre una mesa atiborrada de papeles amarillentos. Un insomne silencioso devorado por la luz grisácea y electrizante de la pantalla de la computadora se mece al ritmo de los chasquidos plásticos de su teclado. Tres postales imaginarias de los que trabajan con la palabra escrita en pleno acto creativo, tres fotografías cristalizadas que no han perdido algo de su fulgor romántico. En ellas el escritor suele ser alguien serio, melancólico e irritable, obsesionado por no demorar el llenado de una página en blanco, pensada frecuentemente como un vacío infinito. La pintura, la fotografía y el cine enfatizaron este ideal del oficio de la escritura, sea ella científica, literaria o filosófica. Contribuyeron, a su vez, a mostrar la creación como consecuencia de un disciplinamiento físico casi religioso, en el que se incluyen la soledad, el recogimiento, una postura física y hasta un espacio adecuado. No dejaron de destacar que una obra, que puede abarcar desde lo musical hasta lo cartográfico, irrumpe como un algo donde antes no había nada. Lograron fijar la metáfora de una auténtica creación ex nihilo.

Pero ¡qué responsabilidad la de partir de la nada! ¡qué vértigo el de jugar a ser un Dios con pluma cucharita, tablero plástico, o racimo de martillos metálicos! Es cierto que el riesgo, aparentemente, es el de enfermar o enloquecer de soberbia pero ¡qué excelente oportunidad para alcanzar el mayor grado de reconocimiento social posible! Estamos sólo ante los primeros síntomas que produce el veneno de la arrogancia convenientemente inoculado. Y la intoxicación, que es lenta pero continua, finalmente acontece. Con la más o menos rápida proliferación de palabras sobre la hoja, hasta hace poco limpia, va creciendo el convencimiento de que allí se está produciendo algo muy valioso y especialmente novedoso. A su vez, cobran sentido primordial, la elección obsesiva de las formalidades académicas en boga que oficien como certificado de control de calidad, la adaptación al sentido común y a la corrección política de los tiempos que corren y, la necesaria agilidad de lectura que reclaman las editoriales. El dispositivo disciplinario acaba de quedar desplegado por completo y comienza a funcionar en forma automática. A su vez la mercancía cultural, resulta puesta a punto para un éxito, generalmente efímero. No es poco lo que se ofrece, las garantías abarcan desde el inofensivo entretenimiento a la placentera terapéutica.

Nada más alejado del acto creativo que esa nada, casi infinita, simbolizada en la austera hoja en blanco. La angustia inicial se origina en la profusión de palabra escrita, también casi infinita, en la que ya estamos inmersos. Esta prodigalidad incluye ideologías, teorías científicas, artísticas y filosóficas, pero, especialmente, modelos morales que definen lo que es un ser humano culto, trabajador, universitario, innovador o académico por nombrar sólo algunos atributos. Se escribe a pesar y contra todo esta abundancia, remontando la amarga sensación de que lo mejor o lo que deseamos escribir, ya fue escrito. Y esto significa desatar duras batallas no sólo contra el movimiento multiplicador de todo lo que "se dice y se escribe" sino contra los amados libros de cabecera y los venerados escritores fetiche. Una atenta vigilancia debiera poner bajo sospecha todo uso del lenguaje, ya que no hay palabra neutra ni inocua. Frente a esta invitación que nos hace el lenguaje a pelear contra él, surge, a menudo y de forma inmediata, la tentación de buscar refugio en la escritura intimista de la experiencia personal. Claro que esta opción, por lo general, produce modos de la escritura que se alejan de lo que es la obra literaria, filosófica o científica.
Los grandes escritores no son precisamente aquellos que acumulan cantidad de obra, o títulos de miles de páginas. Tampoco son pobres almas castigadas con una vida de desdichas, o personalidades transformadas en ilustres debido al unánime reconocimiento. Estereotipados atributos como los mencionados pueden estar o no en un escritor, pero serán a lo sumo un mero accidente. La grandeza de un escritor, haya escrito mucho o poco, haya o no sido feliz, queda irrefutablemente a la vista cuando se advierte en la obra la osadía de poner en práctica el ejercicio de la propia libertad. Esto supone romper con la repetición incansable del discurso vigente pero sin que el relato egoísta y soberbio de la vida privada individual sea el nuevo cobijo.
La creación como un acto supremo de la libertad comienza cuando desde el propio interior una tercera persona nos desposee del decir yo. El yo del autor desplazado es la condición que posibilita la aparición de un personaje neutro. Ese personaje adquiere una mirada propia, se convierte en una potencia que supera infinitamente la pobreza reducida y tristemente abarcable del yo del autor que desea, a cualquier precio, ponerse en el lugar privilegiado del relato. Así los personajes de las grandes obras, son los que se agigantan al punto de cobrar autonomía respecto del autor. Son célebres los ejemplos del Sócrates como personaje de Platón, del Quijote como antihéroe independizado de Cervantes, de la figura de Adán Buenosayres como construcción metafísica de Marechal, o de Inodoro Pereyra como estrella vernácula de Fontanarrosa. Y aunque el personaje no sea siempre identificable con claridad, ya que un narrador omnisciente también podría entrar en esta descripción o un autor convertirse en personaje de sí mismo, la idea sirve para descubrir la novedad en la escritura. En esos personajes pueden detectarse, poniendo un poco de atención, las suturas de las heridas originadas en largas y encarnizadas contiendas protagonizadas por el autor dentro del mar de las palabras dichas. García Lorca las describía como luchas cuerpo a cuerpo en las que, incluso, no le importaba ser vencido. En ellas se está dispuesto a todo o nada. Si lo que irrumpe como resultado se denomina desestabilizar el orden, fragmentar la unicidad, subvertir el pensamiento, inventar una mirada diferente del mundo, o revolucionar el estado de cosas, se trata nada más que de rótulos. Apartar el lenguaje del mundo, de la política y del poder vigentes sin caer en el anecdotario de la interioridad, requiere de actos forjados por el trabajo y la lucha. Estos son los actos capaces de engendrar modificaciones profundas, aún cuando algunos reaccionen atacados por espanto y otros digan torpemente que se aburren. Sólo en este sentido la escritura puede ser todavía sustancialmente novedosa y gozar de una seducción turbulenta