por Martín Sánchez Ocampo
Domingo 5 de diciembre. Es nuestro primer fin de semana luego del período de exámenes y entrega de ensayos en la Facultad. Tenemos tiempo libre y sentimos deseos de esparcimiento. La información recogida en Internet nos sugiere dos alternativas, un recorrido: la muestra de León Ferrari, seguida por la visita al Estudio Abierto en la Confitería del Molino.
Salimos, es una tarde agobiante. El clima en Buenos Aires se parece cada vez más a un caldo en el que nos cocinamos lentamente. Llegar al Centro Cultural Recoleta no es tarea sencilla. Hay que tener cintura para esquivar una feria atestada de paseantes indecisos, vendedores de tortas caseras y puestos de Tarot.
La Retrospectiva de Ferrari expone las obras creadas desde 1954 hasta el 2004. Se encuentra en la Sala Cronopios y C. La Producción Actual está en la Sala J. Para ingresar hay que someterse a un cacheo por parte de los empleados de seguridad. La medida fue tomada a causa del incidente vandálico del viernes anterior, en el que unas diez obras fueron destruidas por unos fanáticos religiosos. Las agresiones y el comunicado del cardenal Jorge María Bergoglio, quien calificó a la exposición como una blasfemia, surtieron un efecto boomerang de publicidad que provocó una convocatoria masiva a la muestra.
Esperar una hora al sol para ser revisados nos desanima y postergamos la visita para otro momento. Aprovechamos la cercanía y decidimos probar suerte con la función de Saraband, la última película de Ingmar Bergman, que se proyecta en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires.
Nos acercamos a la mesa de informes del edificio que alberga a la Colección Constantini. La encargada nos dice que la función está por comenzar, que aquella es la fila para ingresar a la sala, y que la entrada cuesta ocho pesos.
¿Hay descuento para estudiantes? - preguntamos. Sí - nos contesta - cincuenta por ciento, permítanme la libreta por favor. No la trajimos - replicamos. Necesito sí o sí una acreditación - nos devuelve como burocrática respuesta. De acuerdo, danos entradas sin descuento. ¡Cuánta exigencia!
Nos ponemos en fila con el resto de los futuros espectadores. De prolijo uniforme, camisa blanca y pantalón negro, se acerca un empleado de seguridad y nos pide por favor que formemos una fila derecha, hacia abajo. Avanzamos e ingresamos a la sala.
Ha terminado la película. Saraband da cuenta de lo fútil que resulta el reencuentro entre Johann y Marianne, separados hace muchos años. La pareja es la misma de "Escenas de la vida conyugal", film que Bergman estrenó en 1974. El director extrae de sus actores expresiones inherentes a lo más hondo de lo humano. A su vez, Erland Josephson y Liv Ullmann, entre otros intérpretes, dan todo de sí. Este grupo humano se asocia en un vínculo ficcional que sublima las tensiones ocasionadas por el modo de vida burgués. La película también muestra con frontalidad lo sórdido y déspota que se puede volver el vínculo entre padres e hijos, incluyendo una relación incestuosa entre Henrik, hijo de Johann, y su joven hija Karin.
La de Bergman es una ars cinematográfica caracterizada por el uso austero de los recursos audiovisuales, empujando sus films hacia una zona híbrida con lo literario. Las películas de este octogenario director sueco son experiencias que requieren un espectador atento y Saraband no es la excepción.
Al fin un poco de goce. Estamos tan satisfechos que podríamos regresar a nuestras casas, dando por finalizado nuestro paseo. Sin embargo, no nos queremos quedar con la duda sobre el Estudio Abierto. El Gobierno de la Ciudad lo promociona como un festival multidisciplinario que tiene como protagonistas al arte, los artistas y los diversos barrios: "una vidriera temporal de las tendencias contemporáneas y vanguardistas del arte local".
Lo que más nos motiva es la posibilidad de entrar a la legendaria Confitería Del Molino, ubicada en la esquina de Callao con Rivadavia. No se puede ver hasta dónde llega la cola para ingresar. Un agente de seguridad dosifica la entrada restringida por un vallado. No tenemos paciencia, nos colamos y por suerte nadie se queja.
Inaugurada en 1916, la Confitería posee salones estilo art nouveau, unos vitrales italianos, arañas, columnas de mármol y ventanales. Los techos se ven deteriorados y el encierro ha dejado sus marcas en un local que cerró en 1997 por problemas económicos.
Las instalaciones artísticas expuestas en la primera planta pasan bastante desapercibidas. En las vitrinas se exhiben bombones con formas eróticas acompañados por unas 250 "delicias danzantes" dibujadas con tinta por Alberto Passolini. Hay una mesa larga, cubierta con un mantel blanco, esta vacía, como a la espera de sus comensales. Las sillas están intervenidas con silicona negra.
Dentro del salón la fila de visitantes forma una espiral para subir a la segunda planta. Hay personas que acceden a la escalera sin realizar la espera. Nos preguntamos qué es lo que los convierte en privilegiados.
Arriba toca en vivo la banda Pornois. El cuarteto electrónico ejecuta composiciones rítmicas, acompañadas por una cuidada edición de imágenes que se proyectan a sus espaldas. La propuesta audiovisual es atrevida. Comienza con Conozca Pornois, un pseudo documental sobre el ascenso al éxito del grupo al estilo E! True Hollywood Story, que incluye testimonios de diferentes personajes que dan cuenta de su relación con la banda.
La música, la gráfica y los videos están en una interacción constante. Son de alto impacto las animaciones con Torres Gemelas destruidas por un Godzilla; las de un Che Guevara con el logo de "Intel Inside" en la boina; las de escaleras mecánicas que repiten su viaje de manera hipnótica; o las de Bin Laden y actrices porno con mensajes en circulación lineal interpuestos. Lo de Pornois es un bombardeo informativo.
La aglomeración de gente y el calor de las luces nos agotan. Decidimos retirarnos. A la salida de la Confitería podemos verificar que el acceso se ha complicado aún más. El hijo de Jorge Porcel reclama entrar haciendo conocer su apellido. Detrás de él, jóvenes vestidos con prendas de diseño miran ansiosos hacia dentro del local. Probablemente vienen de Palermo Hollywood.
Buenos Aires puede ser considerada como una ciudad de amplia oferta cultural. Pero de nada sirven tantas opciones si el acceso a ellas es restringido. Al recordar que en octubre de 2003 se pudo participar de un encuentro con León Ferrari en el Centro Cultural Ricardo Rojas, en el que se proyectaron imágenes de su obra y se leyeron fragmentos de sus textos sin mayores escándalos; al reparar en que en su país de origen, el film Saraband de Ingmar Bergman fue estrenado en televisión; y al comprender que lo de Estudio Abierto no fue mucho más que una estrategia de publicidad inmobiliaria para recuperar la Confitería Del Molino; la sensación que nos queda es de decepción.
Por otro lado, nuestros sentidos requieren de cierta predisposición para apreciar el arte. La vigilancia privada y las largas colas juegan en contra del goce estético. Ni hablar del caso del MALBA, cuyos altos precios en las entradas directamente cercena el ingreso a un pequeño sector de la ciudadanía.
El derecho al acceso y participación en la cultura es un bien primario. Sería conveniente instrumentar políticas culturales que lo garanticen. Hablamos de acceso en el sentido de tener la posibilidad de participación y disfrute de la vida cultural, como condición para el desarrollo y la emancipación individual de todos los ciudadanos. Pensamos en un acceso auténticamente democrático a expresiones de cultura diversas