por Víctor Malumián
"...Macedonio ¿usted leyó a fulano? No, fulano nació del lado en que las tortitas tienen azúcar quemada (le gustaban mucho) y por eso decía nació del lado que las tortitas tienen azúcar, todos creen nacer en el mejor lugar, donde mejor se come, donde viven las mujeres más hermosas..."
Se ha escrito mucho sobre Macedonio, pero poco tan interesante como su obra en sí. Recordemos que nació en 1874 cursó la carrera de abogacía durante su juventud y ejerció con desdén su profesión hasta abandonarla por completo. El nombre de Macedonio Fernández aparece con frecuencia al pie de trabajos publicados en las dos principales revistas de la vanguardia: Martín Fierro (1924-1927) que dirigía Evar Méndez, y Proa (1924-1925) dirigida por Ricardo Güiraldes y Jorge L. Borges con Alfredo Brandán Caraffa y Pablo Rojas Paz. Muchas de estas colaboraciones fueron más tarde recogidas en su segundo libro, Papeles de Reciénvenido.
Inmerso en la metafísica, vivió una vida frugal dedicada al pensamiento filosófico. Su primera publicación, impulsada mayormente por sus amigos, No toda vigilia la de los ojos abiertos, publicada en 1928 fue la apoteosis de su pensamiento metafísico. Macedonio, como todos los autores de vanguardia de esa época pagó de su bolsillo la primer tirada, a razón de 240 pesos los 200 ejemplares, según cuenta en una carta que le envía a su hijo Adolfo. Continúan sus acostumbradas colaboraciones y escribe para la revista Pulso, revista de arte de ahora del poeta peruano Alberto Hidalgo, junto a Roberto Arlt, Eduardo Gonzáles Lanuza, Raúl González Tuñón y Leopoldo Marechal entre otros.
Quizá, su obra más comentada sea El museo de la novela eterna, como encarnación de su ficción literaria. Por último, cabe recomendar los Cuadernos de todo y nada y Papeles de Reciénvenido publicado en 1930 donde abundan sus originales razonamientos. Fallece en 1953 dejando un séquito de complacientes lectores sedientos de su obra purificada en una estufa de la calle Las Heras. Borges alguna vez escribió "...Yo, por aquellos años lo imité hasta la trascripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. De un escueto libro perdido en una mesa de saldos rescatamos estas simpáticas anécdotas que lo pintan de cuerpo entero.
"...La mayor distancia del mundo es la que nos separa, cuando los buscamos perdidos, de los anteojos que tenemos puestos..."Jorge Luis Borges comenta el fallido intento de Macedonio por alcanzar la presidencia. Existen marcadas discrepancias a la hora de definir los años por los cuales se extendió este proyecto, pero la versión más aceptada asegura que fue entre 1926 y 1927, durante el mandato de Marcelo Torcuato de Alvear.
"El mecanismo de la fama le interesaba [a MF], no su obtención. Durante un año o dos jugó con el vasto y vago propósito de ser presidente de la República. Lo más necesario (nos repetía) era la difusión del nombre. Macedonio optó por aprovechar su curioso nombre de pila; mi hermana y algunas amigas suyas escribían el nombre de Macedonio en tiras de papel o en tarjetas, que cuidadosamente olvidaban en las confiterías, en los tranvías, en las veredas, en los zaguanes de las casas y en los cinematógrafos. De estas maniobras más o menos imaginarias y cuya ejecución no había que apresurar, porque debíamos proceder con suma cautela, surgió el proyecto de una gran novela fantástica, situada en Buenos Aires, y que empezamos a escribir entre todos. La obra se intitulaba El hombre que será presidente; los personajes de la fábula eran los amigos de Macedonio y en la última página el lector recibiría la revelación que el libro había sido escrito por Macedonio Fernández, el protagonista, y por los hermanos Dabove y por Jorge Luís Borges, que se mató a fines del capítulo noveno, y por Carlos Pérez Ruiz, que tuvo aquella singular aventura con el arco iris, y así de lo demás.
En la obra se entretejían dos argumentos: uno, visible, las curiosas gestiones de Macedonio para ser presidente de la República; otro, secreto, la conspiración urdida por una secta de millonarios neurasténicos y tal vez locos, para lograr el mismo fin. Éstos resuelven socavar y minar la resistencia de la gente mediante una serie gradual de invenciones incómodas. La primera (la que nos sugirió la novela) es la de los azucareros automáticos, que, de hecho, impiden endulzar el café. A ésta la siguen otras: la doble lapicera, con una pluma en cada punta, que amenaza pinchar los ojos; las empinadas escaleras en las que no hay dos escalones de la misma altura; el tan recomendado peine-navaja, que nos corta los dedos; los enseres elaborados con dos nuevas materias antagónicas, de suerte que las cosas grandes sean muy livianas y las muy chicas pesadísimas, para burlar nuestra expectativa; la multiplicación de párrafos empastelados en las novelas policiales; la poesía enigmática y la pintura dadaísta o cubista. En el primer capítulo, dedicado casi por entero a la perplejidad y al temor de un joven provinciano ante la doctrina de que no hay yo, y él, por consiguiente, no existe, figura un solo artefacto, el azucarero automático. En el segundo figuran dos, pero de un modo lateral y fugaz; nuestro propósito era presentarlos en proporción creciente. Queríamos también que a medida que se enloquecieran los hechos, el estilo se enloqueciera; para el primer capítulo elegimos el tono conversado de Pío Baroja; el último hubiera correspondido a las páginas más barrocas de Quevedo. Al final el gobierno se viene abajo; Macedonio y Fernández Latour entran en la Casa Rosada, pero ya nada significa nada en ese mundo anárquico. En esta novela inconclusa bien puede haber algún involuntario reflejote El Hombre que fue Jueves".
Leopoldo Marechal cuenta "Macedonio era un personaje bastante misterioso, sobre todo con respecto a su existencia cotidiana, por ejemplo, era dado a habitar viejas quintas de Adrogué o del Gran Buenos Aires, que sus propietarios abandonaban durante el invierno y que él ocupaba durante esos meses para lograr una soledad absoluta favorable a su meditación; se decía que entonces, a fin de evitarse trabajo, preparaba un puchero una vez por semana y embotellaba el caldo, embotellaba el caldo en una época en que no había refrigeradoras eléctricas, de modo que no quiero pensar cómo sería el caldo el séptimo día de estar embotellado. Y por eso algunos dicen que fue el inventor de la penicilina, porque tal vez en ese caldo se hubieran producido algunos de esos hongos en los cuales creo que se resuelve la penicilina.
Recuerdo que lo visité, estábamos con Francisco Luis Bernández, en una casa de la calle Las Heras, pensión donde él ocupaba una pieza. Era verano ya, y tenía un calentador Primus y la pava puesta sobre el calentador y echando vapor a chorros (la pava ¿no?), y cuando le preguntamos por qué tenía esa pava así, dijo que el ambiente estaba seco y el necesitaba cierta humedad, porque los porteños vivimos en un clima húmedo y necesitamos un coeficiente de humedad para subsistir bastante considerable; entonces le pregunté si él no creía que con el andar del tiempo ese aumento de la humedad no nos podría convertir a los porteños en anfibios ¿no?, y consideró la posibilidad como verdadera...."
"...Eran tantos los que habían faltado al banquete que si falta uno más no caben en la sala..."
Manuel Peyrou relata "...Un vez su hijo Adolfo tuvo que viajar y le pidió a una vecina amiga que de vez en cuando se diera una vuelta por el piso de abajo donde vivía Macedonio. Un día bajaba ella por el ascensor y vio que la puerta del departamento de Macedonio estaba entreabierta; extrañada, se acercó, no oyó nada y la cerró. En los días siguientes se repitió la escena sin variantes. Por fin un día abrió más la puerta y se metió en el departamento. Al fondo de un cuarto en penumbras estaba Macedonio sentado en un sillón. Ella lo miró interrogativamente y Macedonio repuso, con vos ronca y cachadora -trampa para rubias-..."
"...Macedonio ¿Sábe hablar en otros idiomas? -Sé estar callado en alemán, en ruso e inglés..."
Miguel S. Schapire rememora "...A mí me desconcertaba; de pronto me parecía un genio, de pronto un infradotado. Recuerdo algunas de sus rarezas: compraba masas para las cucarachas y las hormigas en su casa, a las que daba de comer como si fueran palomas; a él le gustaba hacerse huevos fritos pero decía que limpiar demasiado la sartén era impropio..."
Francisco Luis Bernárdez refiere "...Lo que Borges me dijo una vez (además lo escuché contapo por el padre de Borges, Jorge Borges) es que él y Macedonio junto con Julio Molina y Vedia y varios muchachos de aquí (por otra parte, gente de familia tradicional), entusiasmados por las ideas socialistas (no era el socialismo de ahora, sino el socialismo romántico de Saint-Simon, Lasalle. Macedonio era lector de Spencer y por lo tanto enemigo del Estado), decidieron hacer un experimento socialista en Paraguay, en unas tierras que durante la guerra de Paraguay algún ascendiente (no sé si con ese apellido) había quedado con unas tierras allá. Y creo que en el corazón de la selva paraguaya. Y allá se fueron ellos. Lo gracioso es que se fueron vestidos de jaqué, muchachos muy elegantes, de familias muy distinguidas y conocidas de Buenos Aires. Iban dispuestos a practicar el socialismo, verdad. Llegaron allí y los mosquitos los corrían, llegaron y a poco estaban aburridísimos, y suspendieron aquello. Es una anécdota de lo que es Macedonio. Estaba dispuesto a defender su singularidad de cualquier manera, un hombre que era una especie de isla en este país, entonces el país no era la sociedad de masas que es ahora.
(Estas entrevistas tuvieron lugar en 1967, publicadas en el libro Hablan de Macedonio Fernández recopilado por Germán Leopoldo García).