lunes, 4 de agosto de 2008

Mil caracteres y un hombre




por Mariana Kozodij


Era uno de los alumnos preferidos de Aristóteles. Tirtano, cuyo paso por la historia y su legado fue a través del nombre Teofrasto, nació en la villa marítima de Ereso, en la isla de Lesbos, hacia el 374 a.C.

Teofrasto significa “de habla o de estilo divino” y no es mera casualidad que este filósofo llevara tal nombre, que le dieral el mismo Aristóteles, por ser un especialista no sólo en las ciencias naturales sino en el arte de narrar los problemas de índole metafísica y social.

Su legado incluye numerosos tratados de botánica, (1) pero es Los caracteres, (2) su verdadero diamante literario. En él intentó plasmar, a través de la observación minuciosa y la palabra (a veces un tanto estetizante para una sociedad donde el ciudadano estaba muy por encima del esclavo e incluso de la mujer), un verdadero retrato psicológico-moral de los griegos y sus estereotipos que, más allá de las diferencias de era y de cultura, sirven para repensar cuánto -mucho o poco- hemos modificado nuestra vida al interior de nosotros y de nuestra sociedad. (3)

“He admirado con frecuencia, y confieso que no puedo comprenderlo todavía por más que en ello reflexione, que en toda Grecia, aun estando bajo un mismo cielo, y los griegos alimentados y criados de la misma manera, se encuentre tan poca semejanza en sus costumbres. Y eso que a la edad de noventa y nueve en que me encuentro, querido Policles, he vivido bastante para conocer a los hombres”, escribió Teofrasto en el prefacio al tratado, intentando buscar patrones y modelos de conducta que generalmente no debían ser seguidos ni por las generaciones actuales y futuras. Realizar un recorrido por la obra implica reflexionar qué tan lejos o cerca estamos de aquellos cuyos vicios y actitudes desfilaron ante los ojos del filósofo que hizo de su observación la base de su reflexión.

Si bien se podría confundir con la ironía, el primer capítulo está dedicado al disimulo, aquel que “no nace de la prudencia”. Teofrasto observó que aquellos que profesaban el disimulo desarrollaban un lenguaje particular que se perdía en el fraseo -no tan cambiado- de “Yo no creo nada de eso; no comprendo qué puede ser eso; no se dónde ha ocurrido; o bien me parece que no soy el mismo de antes”. Era el disimulado, para Teofrasto, el ser cuyo alma no era recta sino venenosa y temible, y no menos temible era la adulación entendida como “un comercio vergonzoso que sólo es útil para el adulador”. Este comercio no se resolvía en el azar sino en la premeditación de cada palabra y cada acto que Teofrasto observó en la rutina diaria de los atenienses donde también se entremezclaba la figura del impertinente, o del charlatán huero, cuya evasión permitiría al afortunado evitarse una fiebre de irreflexión.

En el cuarto capítulo, el filósofo se centró en la cuestión de la rusticidad y lo que sería la falta de modales en la modelada cultura griega. En este apartado, Teofrasto hizo notar su posición de hombre de la filosofía ya que, según sus observaciones, el hacer actividades de esclavo llamaba a la rusticidad de la ignorancia y la irreflexión.

Su mirada también se derrama sobre las figuras del complaciente, el bribón y el charlatán, quien se diferenciadel impertinente o charlatán huero porel hecho de ser consciente de su situación, de “precisar mover la boca, como se mueve el pez en el agua”.

Si bien hay algunas categorías o estereotipos que parecen solaparse los unos a los otros como es el caso de la desvergüenza producida por la avaricia y el ahorro sórdido, hay un tipo humano que interesó particularmente a Teofrasto: el del proveedor de noticias, entendiendo que el noticiero o contador de fábulas era aquel que arreglaba las palabras a su antojo siendo posible la falsedad de las mismas, y donde la artillería de las preguntas no deja de hacernos pensar en el actual periodista y el sacrosanto fetiche de la objetividad. (4)

Durante las observaciones, especie de trabajos de campo, Teofrasto no oculta sus emociones de desprecio y/o vergüenza ajena como en el caso del impúdico o de aquel que no se avergüenza de nada, o en el caso de la brutalidad. Aunque también se vislumbran ciertas contemplaciones de su parte, como en el apartado acerca de la estupidez, donde el filósofo de Lesbos no niega la posibilidad de la tontera al sentenciar: “La estupidez es sencillamente una torpeza de espíritu que acompaña a veces nuestros discursos y acciones”.
Otros apartados hacen hincapié en la acción nefasta del importuno, del oficioso ydel descontentadizo, aunque también Teofrasto “observó” la acción de lo abstracto sobre el hombre, por ejemplo, con la cuestión de la superstición nombrada como “un temor desmedido de la divinidad”.

Retomando una actitud de jerarquía explícita, quien fuera el director del Liceo durante treinta y cinco años, después de la retirada de Aristóteles a Khalkís en el 323 a.C., en el apartado de una tardía instrucción se encarniza con aquellos que “habiendo despreciado en su juventud las ciencias y los ejercicios, quieren reparar esa negligencia en una edad avanzada, mediante un trabajo con frecuencia inútil”.

Los caracteres también nos muestra que la desconfianza, la necia vanidad, la avaricia, la ostentación y el orgullo no sólo son piedras angulares de la sociedad moderna, sino que también lo eran de la sociedad griega. Y aun en mayor coincidencia con la época actual, Teofrasto escribe sobre el gusto que se tiene por los viciosos, un gusto que revela la inclinación al vicio, o en palabras del filósofo, “Aquel a quien domina esa inclinación, frecuenta a los condenados políticos”. Y agrega: “Los que se parecen, se juntan”.

Tal vez sea interesante, desde las sociedades democráticas, reflexionar sobre el capítulo de los grandes personajes de la República, donde el filósofo observa:

La pasión más dominante entre los que ocupan los primeros puestos en un Estado popular no es el deseo de lucro, sino la impaciencia por acrecentar su autoridad y por establecer, si les es posible, un poder soberano en su favor que prevalezca sobre el poder del pueblo.
Si éste se reúne en asamblea para deliberar a qué ciudadanos dará la comisión de ayudar al primer magistrado en la conducción de una fiesta o un espectáculo, aquel hombre ambicioso, tal como acabo de definirlo, se levanta, pide el cargo, y hace protestas de que ningún otro podrá desempeñarlo tan bien. No aprueba la dominación de varios; y de todos los versos de Homero únicamente recuerda éste: “Los pueblos son dichosos cuando uno sólo los gobierna”.
Su lenguaje más frecuente es éste: “Retirémonos de en medio de la turba que nos rodea; tengamos juntos un consejo particular en el cual el pueblo no sea admitido; tratemos de cerrarle el camino a la magistratura”.
Lo veréis pasearse por la plaza, al mediodía, con las uñas limpias, la barba y los cabellos en buen orden; apartar altivamente a los que se cruzan a su paso; decir con disgusto al primero con quien cambia unas palabras que la ciudad es un lugar en el cual no hay manera de vivir; que no puede resistir a la horrible muchedumbre de pleiteístas, ni soportar más tiempo los gritos y las mentiras de los abogados; que comienza a tener vergüenza de encontrarse sentado en una asamblea pública o en los tribunales, junto a un hombre mal vestido, sucio y desagradable; y que no hay uno sólo de los oradores afectados al pueblo que no le sea insoportable.

Añade que es Teseo (5) el que puede considerarse como el primer autor de todos aquellos males, y hace semejante discurso tanto a los extranjeros que llegan a la ciudad, como aquellos con los que simpatiza por comunidad de costumbres y sentimientos.

Cualquier coincidencia, al observarnos, no siempre es mera casualidad. Teofrasto no se planteó ser objetivo de aquello que describía sino que nos prestó sus ojos, su método, para acercarnos no sólo a la sociedad griega sino a la naturaleza humana que hace de nosotros esos otros tan extraños que de repente descubrimos ser nosotros mismos.


(1)
Uno de los más conocidos es el Tratado de las causas de la vegetación.

(2) Todas las citas que se reproducen corresponden a Teofrasto: Los caracteres. Buenos Aires, Editorial Sopena Argentina, 1951. Traducción directa de Santiago Cunchillos.

(3) Los caracteres de Teofrasto, traducidos del griego, con los caracteres o las costumbres de este siglo (1688) es una traducción realizada por Jean de La Bruyère, donde éste combina máximas y comentarios críticos sobre la sociedad francesa de la época. El estilo del libro, sintético e incisivo, se opone al estilo artificioso e intelectualista del momento. Le otorgaron a La Bruyère el reconocimiento de quienes le habían ridiculizado y habían impedido su ingreso en la Academia Francesa hasta 1693.

(4) Ver: Malumián, Víctor: “Periodismo e ideología”. En: Esperando a Godot, n° 6, 2005.

(5) Teseo echó los fundamentos de la república de Atenas, al establecer la igualdad entre los ciudadanos (Nota de La Bruyère).