por Jorge Hardmeier
El gran poema es el cuerpo
Wallace Stevens
En el primer poema publicado por Héctor Viel Temperley, a los dieciocho años, ya se manifiestan algunos de los elementos esenciales que recorrerán toda su poesía hasta Hospital Británico, su utópico último libro. En aquel poema adolescente, se hacen presentes el agua y el ángel: Abrazo al ángel que hice con mis manos. Ese ángel, esa presencia acompañante que mantiene al ser en estado de alerta permanente (para ver tengo al lado como un ángel), eso otro dentro del yo que lo mantiene en continuo estado de natación, guía, como ángel de la guarda, todo el recorrido poético, toda la travesía natatoria de Viel Temperley: Gracias doy a tus aguas porque en ellas / mis brazos todavía hacen ruido de alas.
Héctor Viel Temperley nació en Buenos Aires en 1933 y falleció en la misma ciudad en 1987, luego de haber publicado nueve libros de poesía de circulación casi secreta, como aconteció con otros poetas que se desplazaron, en sus búsquedas y en sus escrituras, del manto de racionalidad e ilustración de la literatura argentina o del compromiso político panfletario practicado en el círculo de poetas de la generación del sesenta a la que Viel, por meros motivos cronológicos, debería haber pertenecido. Sin embargo, su poesía no responde a un tiempo histórico. Es, su propia obra poética, su lugar y su tiempo.
Su visión de la existencia humana pasaba por el cuerpo y la fe en Dios, afirma Soledad, hija del poeta. Viel trabaja su cuerpo para el alma, que no muere: cabalga, viaja, hachea, nada. Esencialmente nada. Viel es un nadador empedernido: Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada. La presencia del agua es permanente en su recorrido poético. El niño Héctor se cayó al agua, en San Isidro: Recuerdo que estaba sentado, debajo del agua, en paz. En el agua, en estado de natación, se está fuera del mundo, en el agua los brazos todavía hacen ruido de alas. La presencia de eso otro, ángel, que guía la existencia y la poesía de Viel, se hace plenamente manifiesto ante la presencia del agua. El agua: cielo en el desierto de la vida cotidiana, mundo de encierro, zoológico policial de la vida social. El agua lava, purifica, acerca al poeta a esa otra realidad intuida: Señor, no sé quién sos / pero sólo te pido que me laves. Viel necesitado de absoluto y de Dios, Viel necesitado de agua: quiero inyectarme un poco de agua helada. Viel, el poeta nadador. Su anteúltimo libro se titula Crawl y los versos dibujan, en el espacio del poema, un hombre en posición de ese estilo de nado. Viel, el poeta nadador creyente: para escribir Crawl tuve que aprender a rezar. La natación como metáfora del movimiento continuo para alcanzar a Dios. Hasta esa resurrección que incluye el cuerpo, por eso Viel trabaja su físico, va hacia ese cuerpo desconocido que es para el alma, que no muere. ¿El paraíso? ¿El estado gozoso posterior a la resurrección según Viel Temperley? Agua, agua luego del desierto de la vida: El verano que resucitemos tendrá un molino cerca / con un chorro blanquísimo / sepultado en la vena.
Los poetas místicos permanecen fuera del canon de la poesía argentina: Jacobo Fijman, Miguel Ángel Bustos, Viel Temperley. Poetas que, al margen de la ilustración triunfante, poseen una fe. Viel Temperley posee fe: cree en Dios, pero sobre todo en Cristo, el Dios Hombre y en el hombre-dios, el hombre alado. Viel Temperley: poeta místico, cristiano desplazado que experimenta extrañeza ante el dogma y los mandatos de los custodios de su religión: yo no sé, por ejemplo / por qué hay sacerdote / a la hora de morir / y no hay sacerdote / a la hora de nacer. Viel cree en el alma del hombre. Hay dos clases de hombres: los que aman el alma del hombre y los que no se atreven.El alma incluye al cuerpo. La resurrección del hombre será en cuerpo y alma, cual nadador que emerge de las aguas: El sol entraba con mi alma en mi cabeza (o mi cuerpo —con la resurrección— entra en mi alma).Viel Temperley, hombre de fe, nadador, escribió en Crawl, compuesto en alabanza a la presencia misericordiosa de Cristo Nuestro Señor, un libro-letanía. Fe en el Dios-hombre, Cristo. Te descubro / Dios, en mi yo / ahora sé porque debo cuidar mi yo.Dios en cada uno de los hombres. Cristo en cada uno de los amados hombres y mujeres de Viel Temperley. Cristiano, Viel concurre a misa: Vengo de comulgar y estoy en éxtasis.Comulga el pan de los cristianos, aunque comulgué como un ahogado.Cierta extrañeza generan los ritos religiosos en el poeta: ¿Quién puso en mí esa misa a la que nunca llego? No es un poeta religioso, Viel, es un místico. Tiene fe, vislumbra lo absoluto. Hay una realidad tangible, sensorial que oprime y la intuición de una realidad otra, trascendente. Viel tiene una revelación, estando internado en el Hospital Británico: sale con su mujer a un pequeño patio, frente a uno de los pabellones: fui traspasado por una sensación de amor tan intenso que me arruinó la vida en el mundo (…) La sensación de estar rodeado por cielo y de que ese cielo me tocaba como carne y que podía ser la carne de Cristo y que, al mismo tiempo, lo tenía a Cristo adentro.El cielo en la tierra. Dios en el hombre.
Viel ama a su madre: es la risa, la libertad, el verano. Cuenta el nadador: caí enfermo cuando vi a mamá que quería morirse y murió cuatro días después que a mi me trepanaron.Leemos, en Hospital Británico: mi madre vino al cielo a visitarme. En presencia del cielo en la tierra, en ese Pabellón Rosetto, con la presencia del Cristo, Viel escribe: Cristo es cristo madre y en Él viene mi madre a visitarme.Cristo en cada hombre, Cristo en cada madre, Cristo en cada uno de los seres, en cada uno de los caballos amados por Viel Temperley. En Hospital Británico confluyen toda la natación existencial del poeta y la presencia cercana de la muerte. Es un diario de los días de enfermedad y un repaso de la propia obra en busca de los textos proféticos lejanos. Hospital Británico: una antología de la propia obra poética cocida por un hilo conductor: la presencia de la muerte y la fe en la resurrección. Un extrañamiento del yo emerge en este, su último libro, la potencia de un impersonal que no es una generalidad sino que constituye una singularidad en su expresión más elevada: El que escribió ese poema no existe más, dirá Viel, ¿Quién carajo armó todo eso? No tengo idea (…) No soy autor de ese libro como de Crawl.Había escrito: Sólo le pido a Dios morir con Dios y se dispone para ese estado con su fe natatoria en el punto máximo. Hasta en las cercanías de la muerte permanece en estado de natación, de movilidad, pues abomina de la quietud, única y verdadera muerte: He decidido no morir en cama (…) morir en cama no / por cosas como el asma, por cosas como el techo / por cosas como el alma / que no muere.Para Viel la vida es un desierto, salvo los momentos del nado, del contacto con el agua, de éxtasis, de cielo en la tierra. La vida del hombre es un ejercicio de natación que conduce de Dios a Dios. Enfermo, presintiendo su muerte, escribe: Soy feliz. Me han sacado del mundo.
Hasta “Carta de Marear” notaba mi poesía demasiado rígida. Después pasé a decir, a ver, empezó a interesarme la poesía que me permitía, no sólo esconderme, sino evadirme y hacer un mundo.Viel Temperley construyó un mundo con su poesía, un mundo al margen de este, velorio, comisaría, infierno.Construyó un cielo en la tierra. Los momentos de éxtasis, de felicidad, son aquellos en los cuales las opresiones del mundo logran ser desplazadas para vislumbrar otra realidad, trascendente, intuición de lo absoluto. Y cada vez, resucitar. Para comenzar todo de nuevo. Resucitar y volver a nadar.