por Martín Sánchez Ocampo
Cada uno crea
de las astillas que recibe
la lengua a su manera
con las reglas de su pasión
y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento
Juan José Saer
Somos concebidos en el sueño, en el deseo de otros. Buscados o fortuitos, pateamos el vientre de nuestra madre ansiosa por sacarse el amasijo de encima. Anidamos en su vientre alabado, somos nombrados y nos hablan sin esperar respuestas. Finalmente, nacemos a la historia. Nuestra condición es la de ser sujetos de la palabra.
La naturaleza entendida como esencia del ser, como unidad esencial de la vida, es nuestra primera prohibición. Sin embargo el aprendizaje y la experiencia nos permiten descubrir que había permanecido siempre ahí, coexistiendo con la historicidad.
La poesía es un intento de revelar la suplantación abusiva de la naturaleza. A través de la conducta poética, pretendemos replantear su lugar en el interior de la historia, mostrando el equilibrio o la violación de sus relaciones.
El fenómeno inverso del lenguaje
La poesía no es lenguaje, es naturaleza. El lenguaje es su opresión. No nos imaginamos a la poesía más que como lenguaje porque comenzamos a concebirla dentro de él, y a su vez, el lenguaje nace en el interior de la historia.
No podemos ver a los objetos tal como son. Nuestra imposibilidad es una aporía del conocimiento, pero al mismo tiempo es la única forma de conocer que tenemos.
Las palabras sirven para otra cosa que para informarse o informar. Saturadas como están de sentidos y sufrimientos humanos, debemos hallar las condiciones para usarlas con dignidad. Cuanto más profundamente se las respete en el sentimiento y en el símbolo por los cuales se asocian a la naturaleza humana, tanto más verdaderas y poéticas serán. Luchamos por arrancarlas de la arbitrariedad del uso abstracto e indirecto, del intelectualismo.
Nos dedicamos a golpear las puertas que persisten en el lenguaje y nos brindan el acceso a la naturaleza. Pretendemos borronear la historicidad y obtener un palimpsesto en el que ambas se confundan. Queremos aliviar la angustia que nos provoca la fractura que nos separa de los objetos. Aquí la facultad del lenguaje y su fenómeno inverso: la comprensión, la identidad de las cosas que él separa.
La fiesta de moldear una flor azul
La mediación conceptual falsea la unidad de la que participamos. Sin embargo, persiste en nosotros una intuición que debemos hacer visible desde la autorrevelación del arte como mediación, como falsedad y como absoluta libertad creativa; desde una forma de vida directa en la que la libertad de actuar es obligada, una vida en sí con la voluntad de hacer una voluntad deseada. Tal como sucede en la naturaleza, encontramos la libertad en nuestra determinación. Proyectamos nuestras obsesiones y salimos en busca de nuestra identidad a través de los lugares literarios del viaje y del enamoramiento. Moldeamos una flor azul, símbolo de la reconciliación entre mundo interior y exterior, como realización del concepto en lo concreto.
Mediante la poesía realizamos la negación de la negación por la cual la historia había incorporado a la naturaleza, suplantándola por una síntesis más rica. Tal vez la particular naturaleza humana consista en esa combinación. Producimos una inversión momentánea que implica hundirnos en el abismo y a su vez, revelar la realidad de ese hundimiento.
Poesía es formación por el cuerpo y el espíritu en unión creadora, de lo que conviene a esta unión y la excita o la refuerza. Es poético todo lo que provoca, lo que nos restituye al estado unitivo.
La empresa solicita dejarse guiar únicamente por el deseo de encontrar a los seres iguales a nosotros y por las condiciones indispensables para distinguirlos, porque la naturaleza es inteligible sólo cuando constituye el instrumento y el medio de entendimiento entre los seres dotados de razón. Pensar nos retrotrae a una contemplación creadora, retornamos al punto en el cual creación y saber se encuentran en un estado de interdependencia. Arribamos a un momento creador de alegría verdadera, de fecundación espontánea.
La poesía es un gasto festivo, el poema es como un hijo de la vida. Un ensayo de representar por los medios del lenguaje articulado esa cosa que intentan expresar oscuramente los gritos, las lágrimas, los silencios, las caricias, los besos, los suspiros y que parecen querer expresar también los objetos en lo que tienen de apariencia de vida o de supuesto designio.
Un poema debe ser una fiesta del intelecto. No puede ser otra cosa. Es un juego, pero solemne. Celebramos algo llevándolo a cabo y representándolo en su estado más puro y bello. Terminada la fiesta, nada queda. Cenizas, guirnaldas, pisadas.
Hacia el equilibrio con lo insondable
Para que la poesía se haga evidente es necesario que su lectura desencadene un extrañamiento que atente contra el prejuicio de la razón. Es muy llamativo creer que el sentido del discurso es de mayor dignidad que el sonido y el ritmo. Comprender la poesía es haber superado ese prejuicio, no demasiado antiguo, que se vincula a la oposición ingenua entre el alma y el cuerpo. Prejuicio que también tiene que ver con la exaltación del pensamiento, incluso el pensamiento necio, a expensas de la existencia y de la acción corporales, incluso cuando ellas son admirables por su precisión y elegancia. No comprender un poema es síntoma de nuestra incapacidad de romper el casco de la conciencia.
La historicidad será auténtica cuando revele su carga de naturaleza. Debe saber que está en ella y la sostiene. Por lo tanto, es vital apoyarnos en la poesía para recuperar el equilibrio que la extrañeza había negado. Sostenidos por la poesía recuperamos, a través del lenguaje, el equilibrio entre la historia y lo insondable, el estado fluido, lo informe que se manifiesta en la metáfora.
La actitud innata del temperamento natural conviene que sea desarrollada por una actividad incesante en soledad y silencio. La abundancia de palabras no concuerda con la constante atención que necesitamos para poseer un carácter modesto e ingenuo. Apaguemos los televisores, las radios, los teléfonos móviles. El momento en el cual se llega al conocimiento de los misterios de la naturaleza es imprevisible. El difícil arte de la contemplación creadora exige una reflexión incesante y austera. La recompensa es la alegría de sentirnos en contacto íntimo con el universo.
Escuchando a la voz natural
Tal vez parezcamos más simples y desmañados que otros permaneciendo en la oscuridad del anonimato, pero es raro encontrar la auténtica inteligencia de la naturaleza ligada a una gran elocuencia, a la vivacidad del espíritu o a un bello aspecto. La naturaleza produce de un modo peculiar, acompaña a la simplicidad del discurso, a la intuición justa.
Nos conviene vencer en lo íntimo el orgullo de nuestras cualidades y reencontrarnos con la modestia que deja espacio a lo natural sin invalidarlo, por eso nos enfrentamos a cualquier discurso autoritario o afirmativo.
Reivindicamos la incertidumbre, nos sentimos con la obligación de ir hacia el fondo de las cosas, hacia las últimas consecuencias del pensamiento y dejar todo irresuelto. Podrán decir que llevar al pensamiento hasta esos límites es ingenuo, pero es lo único que nos permite escribir. Si sólo citamos la tarea de escribir lo nuestro, no tendrá la menor importancia; lo que hacemos no tendrá ningún valor.
El elemento autobiográfico es inevitable, las referencias con que contamos son nuestros sentidos, experiencias y pensamientos. La tendencia a confundir autor con personaje u otros personajes con otras personas no es más que eso: simple confusión. No sabemos exactamente el sentido de lo que tuvimos la felicidad de escribir. En relación con eso resultamos ser un simple lector un instante después. Los versos esperan un sentido, escuchan a su lector. Somos mirados por nuestras ideas e imágenes. El genio formal no se diferencia de la capacidad de percibir. Percibimos y concebimos por formas.
El punto delicado es la obtención de la voz, un modo que debe captar la monótona revolución de la naturaleza alejado del discurso, de la elocuencia, de la inhumanidad de la descripción. Una voz en la que esté contenida la secreta voz de la naturaleza que vive, deviene y sufre. No debe hacer imaginar a una persona que habla; si lo hace, no es ella. No hay narrador ni orador. El jadeo, el ritmo comatoso, con sus lagunas e imprecisiones son nuestros grandes hallazgos. Descubrimos un acento donde la elocución personal ha descendido hasta confundirse con la impersonalidad del hombre y de la naturaleza.
Si todo arte consiste en conocer los medios para alcanzar un fin buscado, producir un efecto y un fenómeno determinado, quienes sentimos la vocación de comunicar la inteligencia de la naturaleza debemos tratar de observar escrupulosamente las condiciones naturales de ese desarrollo y aprender de la naturaleza misma los principios de su arte. Nuestra actividad última esencial es escuchar su voz. Pero esta voz no sería perceptible si no se idealizase la voz común del hombre, si no se pusiese como ejemplo de todas las facultades que se congregan en su discurso (razón, sentimiento, imaginación, sensualidad) exaltándolas. Gracias a esta idealización, la poesía existe como momento individuado, recogido en el ser, singular en el tiempo. Sólo por esto la poesía es apta para dar cuenta de las alternativas dialécticas comunes a todas las actividades del espíritu humano.
Un método posible
Poetizar es el método que elegimos para dar cuenta de la mistificación que transforma la cultura burguesa en naturaleza universal. No expresamos ideas, expresiones ni fórmulas. No optamos por ideologizar, la poesía está en otro momento. Nos ubicamos en un punto anterior, aquel en el que las cosas mismas están como preñadas de ideas. Formamos o comunicamos el estado sub-intelectual o pre-ideal y lo reconstituimos como función espontánea con todos los artificios que sean necesarios.
Respondemos así a la impaciencia que nos provoca lo natural con que se encubre una realidad absolutamente histórica. Ponemos de manifiesto el abuso ideológico que se encuentra oculto en la exposición decorativa de lo evidente por sí mismo. Buscamos el sentido inalienable de las cosas aunque no lleguemos a superar una comprensión inestable de lo real que es, sin duda, la medida misma de nuestra alienación presente. Navegamos entre el objeto y su desmitificación impotentes por alcanzar su totalidad. Sin embargo, insistimos y nos encaminamos hacia una reconciliación de lo real y los hombres, de la decripción y la explicación, del objeto y del saber.