Los historiadores del arte son gente que habitan, lejos de toda política, en museos donde además de cuadros se exponen piedras esculpidas y baratijas apolilladas. Estas gentes, en realidad completamente inofensivas, han de presenciar cómo una subasta de arte inofensiva y con éxito es tenida de repente por una provocación, cómo hay quien llama la atención sobre la contradicción chillona entre el hecho de que no haya dinero para la leche destinada a los niños hambrientos y el hecho de que se encuentren sumas enormes para unos metros de lienzo pintado. Los asombrados historiadores del arte se apresuran a afirmar que el que den su aprobación a exorbitantes precios por cuadros no significa en absoluto que aprueben aquella situación que hace imposible que unos niños no tengan leche; a ellos les parece lamentable el número cada vez menor de personas que tengan obras de arte. También según su punto de vista no es normal que, al igual que las minas, las obras de arte hayan de pertenecer a tan sólo unas pocas personas. Así opinan y en ese sentido aparecen muy revolucionarios. Pero conviene decirles que siguen equivocados, aún cuando anden por una senda entre bosques de madera tallada y precioso. Y es que en realidad, entre la situación a causa de la cual los niños hambrientos no tienen leche y las obras plásticas existe una relación profunda y mala. El mismo espíritu que ha creado estas obras de arte ha creado aquella situación. No debería considerarse el arte como “expresión de personalidades grandes y únicas en el sentido de figuras excepcionales”.
Luego que se ha dicho A, hay que decir B también. Siempre que personalidades excepcionales dicten sus precios al mundo -precios de tal magnitud que ya no cabe pensar en la alimentación de niños insignificantes, demasiado repetidos-, mientras estas grandes personalidades intenten convertir el mundo en expresión suya en su propia obra, creada a su arbitrio, siempre habrá niños hambrientos.
No es de lamentar ni tampoco de aprobar que el arte sea cada vez más asunto de profesionales. Sin conocimientos técnicos el dulcemente insípido “Hijo Perdido” de Bosch, que produjo 385.000 marcos, no vale ni 3,50 marcos. ¿Pero quién puede procurarse esta erudición técnica? Sencillamente, es demasiado cara. La utilidad directa de una cosa debería decidir su valor. ¿Qué utilidad tienen las viejas obras de arte? ¿Podrían tal vez, legadas para estudio de nuestros críticos dar los principios técnicos para nuevas obras, para obras que nosotros necesitamos? Pero un arte nuevo acabará forzosamente por indicar su valor práctico y precisar para qué quiere ser utilizado. Y es de esperar que no se permita a un pintor pintar cuadros sólo para que sean contemplados con la boca abierta de pasmo.
El historiador de arte avanzado reconoce ya el valor práctico de la obra de arte como valor decisivo. ¡Pero qué error de su parte el de suponer que todos los hombres, sólo con que fueran provistos con suficiente comida, podrían aprovechar las obras de arte tal como son! El historiador de arte da valor, por ejemplo en el “Jerónimo con el león” de Frueauf, a que en este cuadro se muestre una bella y conmovedora relación entre hombre y animal. Opina que en rigor esto puede causar impresión en todos los hombres. Los hombres de hoy, aún cuando hayan saciado su hambre, sólo ven animales en los platos y gestos amables sólo en los cuadros. Sea lo que fuere eso del “estado de felicidad risueña en el alma del que experimenta”, “la pequeña paz de una alegría silenciosa”, sólo puede ponerles en una disposición de ánimo. ¿Han de “sonreír amablemente” cuando ven el gesto amable con que los santos desde hace mucho tiempo dejan que se les acerquen, no sólo los niños, sino también los leones?
No: ni los artistas ni sus historiadores pueden ser absueltos de la culpa denuestra situación, ni eximidos de la obligación de trabajar para cambiarla.
(Diciembre de 1930)