lunes, 28 de julio de 2008

Las traiciones del traductor


por Ariel Fleischer


La publicación de las obras completas de Oscar Wilde, por parte de la Editorial Losada en una nueva versión de la poeta argentina Delia Pasini, posibilita la reflexión en torno a la inquietante búsqueda de la traducción.

El viejo adagio de definir al traductor como etimológicamente refiere su significado, traidor , refleja la imposibilidad de la “traducción perfecta” y el inabarcable y vasto universo de las lenguas. Pero sin embargo, y sin faltar a cierta pérdida inevitable de la traducción, ¿es posible avizorar una común idea, belleza, música o fuente a traducir en el texto original que no debe ser falsado?, ¿cuál es el proceso de intercambio que requiere la experiencia de trasladar desde un idioma a otro un discurso complejo como el literario o filosófico?

La traducción implica la construcción de un texto que debe lograr la similitud con el texto primario u original. El traductor es quien pone en circulación aquel texto que funciona como un desdoblamiento de sí mismo haciendo que cada traducción se constituya como una lectura renovaba de un discurso. La libre interpretación de los textos sagrados a partir del cisma protestante, por citar solo un ejemplo, otorgó nuevas adaptaciones de la Biblia que implicaron el cambio del verbo divino por una nueva interpretación humana de aquellos pasajes.

En el campo del lenguaje y de la traducción son numerosas las variables que deben conformar la búsqueda de un texto que logre “asimilarse” al original. Vencida en la práctica la idea de la traducción literal y del reemplazo “armónico” de las palabras como si fueran piezas mecánicas y equivalentes, el primer inconveniente surge a partir de la diferenciación del género al que pertenece el texto a abordar. Cada género (sea novela, ensayo, poesía, literatura, filosofía, divulgación, etc.) obedece a un universo de reglas particulares que lo dotan de, y lo limitan a, un vocabulario específico; cada género adapta su lenguaje y su estilo a sus conveniencias estéticas.

Si el contexto histórico, que hace surgir a un género y elevarlo categóricamente como una institución válida en una período determinado, logra imponer sus condiciones epocales ¿de qué manera el traductor puede retransmitir aquellas marcas históricas absorbidas en el lenguaje del texto para adaptarlas a la traducción y hacerlas contemporáneas a su experiencia?

Responder a esta pregunta implica focalizar la actividad específica del traductor. Éste será quien dote al texto final de la “armonía escritural” que posea el original. De modo que, para ello, deberá respetar las restricciones de cada género: además del dominio de la lengua madre tendrá que poseer un caudal de conocimientos específicos para actuar en campos como los de la poesía o la filosofía, tal vez los más complejos en el proceso “traductivo” debido a su carga de subjetividad. Es decir, se le reclama al traductor competencia no solo en la traslación de la gramática de ambas lenguas sino también, y específicamente, en el manejo de un campo de saberes vinculados a un género y/o temática determinados.

La poesía argentina brinda excelentes experiencias respecto a las traducciones de poetas realizadas por poetas. Para el caso conviene citar las traducciones de Lysandro Z. D. Galtier sobre la obra de Lubicz Milosz, o las de Oliverio Girondo y Enrique Molina sobre Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud, o bien las exquisitas traducciones de Rodolfo Alonso.

La intraducibilidad: el caso Girondo, un paradigma.

Todos los textos deben ser posibles de traducir pero sin embargo impulsan una tenaz resistencia a ello. En palabras del filósofo Paul Ricoeur el traductor deberá entonces vencer la “hegemonía de la lengua madre y la resistencia de la lengua receptora de la traducción”, un fenómeno que se inscribe en el campo de poder y de desempeño del lenguaje. Además, cada texto conserva “zonas de intraducibilidad” que dificultan su traslación a otra lengua. Por ejemplo, el siguiente poema de Oliverio Girondo (1890-1967) reviste una visible complejidad para emprender su traducción:

Topatumba

Ay mi más mimo mío / mi bisvidita te ando / sí toda / así / te tato y topo tumbo y te arpo / y libo y libo tu halo / ah la piel cal de luna de tu trascielo mío que me levitabisma / mi tan todita lumbre / cátame tu evapulpo / sé sed sé sed / sé liana / anuda más / más nudo de musgo de entremuslos de seda que me ceden / tu muy corola mía / oh su rocío / qué limbo / ízala tú mi tumba / así // ya en ti mi tea / toda mi llama tuya / destiérrame / aletea / lava ya emana el alma / te hisopo / toda mía / ay / entremuero / vida / me cremas / te edenizo.

La poética de Girondo en este poema hace más que difícil su traslación a cualquier lengua. Básicamente esto se debe al método del poeta: la composición de palabras, la aliteración y la apofonía. Girondo reescribe las voces, trabaja al interior de las palabras, compone y descompone en busca de un sonido, alterando las relaciones entre significante y significado.

¿De qué manera entonces se debe emprender la traducción de este texto? Para la traductora y poeta argentina Delia Pasini, quien ha trasladado al castellano las obras de Oscar Wilde, la traducción implica esbozar versiones que tienen que ver con la cadencia y el estilo, con lo que pudo haber pensado el autor y es preciso transmitir. No solo se debe llevar a cabo la traducción de los textos sino que el traductor debe instruirse acerca de la vida del autor para dar finalmente una íntegra concepción de la obra, que implica por ejemplo no borrar las marcas de origen de la lengua madre.

Este modelo propuesto por Pasini convierte al traductor en un “intérprete acotado” que debe construir equivalencias, tal vez la forma mas segura de llegar a la “buena traducción”, aquella que no se funda en una identidad de sentido demostrable sino en una “equivalencia sin identidad” (Ricoeur). Única manera de rescatar el aura casi fantasmal de la palabra poética o filosófica.

Lubicz Milosz, O. W. El cántico del conocimiento. Buenos Aires, Ediciones Santo y Seña, 1951. 27pp. Versión castellana de Lysandro Z. D. Galtier; Rimbaud, Arthur Una temporada en el infierno. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1959. 78pp. Versión castellana de Oliverio Girondo y Enrique Molina; Prevert, Jacques Paroles . Palabras. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora (Col. Los Poetas), 1961. Edición bilingüe de Rodolfo Alonso.

Ricoeur, Paul Sobre la traducción . Buenos Aires, Editorial Paidós (Col. Espacios del Saber, 44), 2005.

Girondo, Oliverio Topatumba. Buenos Aires, [Prensas de Miguel Binolo], 1958. Plaquette ilustrada por Enrique Molina. Ejemplar nro. 13/42. Incluido en: Girondo, O. En la masmédula. Buenos Aires, Editorial Losada, 1954. Ejemplar nro. 96/190.