jueves, 19 de junio de 2008

Sobre naufragios soledades y desencuentros: el fantasma de Robinson Crusoe

por Gabriela D'Odorico

Robinson Crusoe forma parte de ese conjunto de personajes de la literatura cuya popularidad convirtió, de una vez para siempre, en referentes de la vida cotidiana. Es uno de esos protagonistas que supo ganar una espectacular autonomía respecto de la pluma del autor y una trascendencia excepcional al paso del tiempo. Así como Don Quijote de la Mancha devino modelo de aventurero soñador, Shehrlock Holmes detective fetiche, Martín Fierro estereotipo del habitante del campo argentino, Robinson logró afincarse como fantasía perenne en la educación moral y la formación política de las sociedades industriales. El vértigo provocado por la imaginación de un acontecimiento impredecible, capaz de arrojarnos fuera de todo contacto con la civilización moderna, tiene como correlato tranquilizador la experiencia robinsoniana. La isla solitaria viene funcionando como un mito originario de la sociedad capitalista y como punto cero del desarrollo de lo más preciado de la cultura. Sin embargo, ya en la antigüedad, los griegos, utilizaban el ostracismo como condena suprema infligida a un ciudadano libre, práctica que consistía en el abandono del acusado en un lugar ajeno a la civilización donde quedara exceptuado del amparo de la ley capaz de garantizar justicia. Daniel Defoe, quien entendió la literatura como una tarea comercial entre tantas, da vida al personaje central de esta famosa novela de aventuras marítimas, Robinson Crusoe, en 1719. Su fuente de inspiración fue la vida de un filibustero escocés condenado al duro castigo del abandono en las entonces desiertas Islas de Juan Fernández, frente a Chile. Este escocés cobró cierta fama en su época por lograr sobrevivir cuatro años gracias a un sentido práctico altamente desarrollado.
Robinson relata, en un tono evangelizador, una cantidad de aventuras vinculadas con su irrefrenable vocación de navegante y con su temprana decisión de desobedecer el mandato moral aprendido en una distinguida familia de York. Sus primeras experiencias marítimas, peligrosas y accidentadas, le anticipan el costo de entregarse a un deseo arrollador y le recuerdan que es otra la senda por la que camina un hombre de bien. Paradójicamente, su rebeldía aventurera lo premia con la fortuna en oro y tierras emanada de su floreciente plantación de tabaco en las generosas tierras del Brasil. Una primera transformación se produce en este joven inglés dotado de una inteligencia desobediente de la tradición, ahora hombre acaudalado y respetable.

Pero su crecimiento moral recién se inicia, porque lo espera una nave destinada al tráfico clandestino de esclavos rumbo a Guinea. Una tormenta enloquecida produce el naufragio que cuenta a Robinson como único sobreviviente arrojado violentamente por el mar sobre las costas de una isla virgen del Caribe en 1659. La mano divina impide que las fauces infinitas y turbulentas del agua lo deglutan pero, a su vez, lo sumerge impiadosamente en la soledad de una naturaleza exótica y desbordante. Perdonada la vida, se le impone ahora una dedicación exhaustiva al trabajo para lograr conservarla.

Robinson pondrá a prueba su esfuerzo enfrentando un difícil dilema. Las opciones son volver al mar e intentar ganar otra costa o darle a esa tierra hostil la oportunidad de volverse habitable por el trabajo y el esfuerzo aprendidos en la civilizada Inglaterra. Luego de descartar el primer proyecto por considerarlo inviable se prepara para enfrentar una larga y denodada lucha contra una naturaleza que le es desconocida. Algunas páginas de un fallido diario sobre los días más solitarios testimonian padecimientos sólo soportables para quien posee una noble educación europea y un férreo protestantismo. Con esas armas Robinson interpreta su experiencia como predestinación. Una segunda transformación se produce en el inglés acaudalado y respetable, ahora representante del verdadero Dios sobre esa tierra virgen.

Claro que toda representación necesita del reconocimiento de los otros, aunque ese reconocimiento se manifieste en el hecho insignificante de que alguien lo llame por su nombre. Sólo así podría acceder, en un mediano plazo, al embriagador placer de ser la única sabia fuente de la que emanan consejos morales y políticos, órdenes, respuestas a problemas y educación religiosa. El desafío pasa a ser ahora el de de cómo provocar semejante despliegue simbólico y lingüístico en una isla desierta en la cual no hay indicios de seres parlantes. El ingenio de Robinson no tiene límites, un papagayo rigurosamente entrenado durante años sin resultado aparente, terminará sorprendiéndolo con un reiterado y desafinado “¡pobre Robinson Crusoe!” Invadido por cierta alegría, sin embargo, vuelve a sumergirse en la angustia al descubrir una huella humana en la arena que no le es propia. Y como si parafraseara a Thomas Hobbes en la idea de que el hombre es un lobo para el hombre, se convence de que el encuentro será con el mismo demonio en persona. ¿Por qué Dios lo castigaría de este modo?

Juntando la decisión y el valor para enfrentar lo peor, recuerda con orgullo que toda su preparación para dominar y gobernar no había sido en vano. Luego de más de veinte años de una soledad lacerante descubre tribus caníbales cercanas que practican sus abominables rituales en las costas de su propia isla, confirmándole así que seres alejados de la civilización tienen únicamente comportamientos animales. Al principio, por motivos morales y prácticos, prefiere mantenerse al margen, sin perder detalles de la repugnante práctica, esperando la ocasión para intervenir en nombre de Dios e iniciar la domesticación y humanización. Por fin tiene la maravillosa oportunidad de salvarle la vida a uno de los cautivos preparados para el sacrificio, quien aterrorizado agradece de rodillas. Robinson interpreta esta voluntad suplicante como el deseo de ser convertido en esclavo. La lógica aplastante que emplea, y repite en otras oportunidades, es que deberle la vida a alguien significa entregarle su libertad. Lo hizo Dios cuando salvándolo del naufragio se le impuso como único Señor, y se repite con este mestizo, bautizado Viernes, quien por haber sobrevivido posee un amo. Otros serán los encuentros con nativos y aquellos que no entienden esta lógica civilizatoria, son sacrificados de modos diversos. Robinson nos cuenta, especialmente en la segunda parte de la novela, la tarea de organización social, política y religiosa de sus tierras. Aún cuando finalmente es rescatado, retornará en otros momentos a su isla para controlar in situ su funcionamiento. La emoción le es inevitable al encontrar que en ese lugar en el que no había nada, ahora hay una sociedad gracias a su magnánimo espíritu creador. Una nueva transformación se produjo en este representante de Dios en la Tierra, ahora propietario, educador y embajador del gobierno residente en Londres.

El ideal antropológico práctico, del hombre preparado para el trabajo y con una vocación infinita de reproducción material, expande el orden cultural originario. En una lógica de circularidad casi perfecta, Robinson se deshace de su situación coyuntural de náufrago para recuperar sus auténticas raíces. La repetición aplastante de su tradición es una autoafirmación solipsista y triste en la que el encuentro no produce novedades. La pregunta que surge inmediatamente es si una experiencia solitaria no puede producir otro tipo de transformación en ese encuentro con el otro o con naturaleza exótica. Si el único norte es la vuelta al origen no queda nunca lugar para la novedad, y las transformaciones humanas no serán más que recuperación de lo que ya se ha sido. Pero la autonomía del personaje le dio a la literatura la posibilidad de pensar en otras experiencias de vida posibles para Robinson.

Es lo que propone mostrar Michel Tournier cuando publica en 1969 su Viernes o los limbos del Pacífico, otra historia de Robinson, una especie de simulacro del texto de Defoe. Sucede cien años más tarde (1759) en las Islas Juan Fernández, y testimonia el modo en que el trabajo de construcción robinsoniano se ve completamente malogrado. Defoe compone y afianza una moralidad mientras que Tournier se limita a poner a la vista otras posibilidades. La aparición de Viernes, para Tournier el esclavo araucano protagonista de la historia, inicia una transformación profunda en el universo de esa isla, aquí denominada Speranza. Viernes es inocente, espontáneo, risueño, imprevisible, de hábitos sintonizados con los ritmos de la naturaleza caribeña y sin conciencia de deberle la vida a este blanco presuntuoso. Estos atributos llevan Viernes a desencadenar un accidente evitable que hace explotar el depósito de la pólvora desbastando por completo el orden moral y económico cimentado por Robinson. El fracaso del proyecto de civilización sumerge al inglés, definitivamente, en el más profundo desconcierto. Este Viernes nos trae reminiscencias lejanas del Sócrates que Platón revive en El Sofista, el que podía arrancar a cualquiera de toda seguridad al punto de avergonzarlo y ponerlo en condiciones diferentes para el aprendizaje. Efectivamente, Robinson se abandona a la atenta contemplación de aquello a lo que quedó reducida su vida y, por ende, a las actividades de este extraño Sócrates araucano. Hay una mirada posterior a la voladura, que aleja al inglés de su espíritu práctico y lo coloca en el lugar de un artista, un hombre diferente capaz de detectar con sus nuevos ojos un orden posible en la naturaleza. Su espíritu domesticador, ahora, le resulta anárquico e incomprensible. Descubre que los animales se ordenan en jerarquías y no en caóticos corrales que los entremezclan, que los sonidos de la naturaleza no pueden oírse si no se los hace sonar, y que el tiempo de los hombres es nada más que eso. Viernes tiene interés en intercambiar su saber con otros por eso es capaz de embarcarse en una nave que trafica esclavos sin avisar. El nuevo Robinson, una especie de superhombre nietzscheano en el que la materialidad de la vida trasciende el sentido moral, prefiere permanecer en la soledad de Speranza, aún cuando descubra que Viernes ya lo había abandonado. En la isla no queda otro remedio que vivir como un igual antes que entender qué significa el abstracto concepto de igualdad política que enseñaban los filósofos ingleses del S. XVII.

Sartre mostró la importancia del otro en la constitución de la identidad subjetiva y sus conceptos asociados. Siguiendo en parte esa línea, Gilles Deleuze afirma que la intervención de Viernes en la novela de Tournier es lo que le devuelve la salud a un Robinson que, de otro modo, hubiera quedado atrapado en su propio hermetismo perverso sin salida. Es la lógica aplastante del avance unidireccional que atenta contra lo humano de la que habla Jacques Prévert

En las bambalinas del progreso hombres íntegros proseguían integralmente la desintegración progresiva de la materia viva
desamparada.

En una sociedad en la que cada vez más nos sentimos arrojados al abandono de una isla cuyos límites son los de la propiedad privada, todos nos asemejamos a Robinson. La impronta que dejó Defoe empuja a la reproducción acrítica y al servilismo más humillante. Por suerte Tournier nos muestra en Speranza, posibilidades nuevas para la que no hay juicio moral, ni amenaza, ni reproducción de la lógica del terror. Atreverse a avanzar en la belleza de estas páginas plagadas de humor crítico e inteligente es estar dispuesto a sufrir una grieta profunda capaz de mostrar que no hay nada tan diferente y peligroso como uno mismo en el tratamiento con los otros.