jueves, 19 de junio de 2008

D.H. Lawrence nos pone en situación

por Martín Sánchez Ocampo

El 6 de diciembre de 1907, Sigmund Freud participó de una conferencia en los salones del publicista Hugo Heller, con un breve ensayo titulado “El poeta y los sueños diurnos”. En esa oportunidad, Freud sostuvo que “el verdadero goce de la obra poética procede de la descarga de tensiones dadas en nuestra alma”, y continuó afirmando: “quizás contribuye no poco a este resultado positivo el hecho de que el poeta nos pone en situación de gozar en adelante, sin avergonzarnos ni hacernos reproche alguno, de nuestras propias fantasías.”
Si existe un poeta que logra ponernos en tal situación, ese es D.H. Lawrence.
David Herbert Lawrence nació en Eastwood, Nottinghamshire, Reino Unido, el 11 de septiembre de 1885. Miembro de una sociedad cuyo ámbito literario era aristócrata, fue uno de los pocos escritores británicos que, surgido del proletariado industrial, representó una reacción temprana y militante contra la jerarquización victoriana.
Una vez finalizada su educación formal, comenzó a dar clases en las escuelas de Eastwood e Ilkeston antes de obtener su título de profesor en la Universidad de Nottingham, en 1908. Luego se desempeñó como asistente de máster en la escuela Davidson Road hasta que en 1911, decidió lanzarse a vivir de la escritura.
El padre de Lawrence, a quien a menudo despreciaba, fue minero y de su cultura da cuenta una anécdota contada por el propio escritor. Al publicarse su primera novela “El pavo real blanco”, le entregó un ejemplar. “Mi padre luchó por leer media página; pero aquello era como si se hallase escrito en hotentote .
- ¿Y cuánto te han dado por esto, chico?
- Cincuenta libras, padre.
- ¡Cincuenta libras!
Estaba asombradísimo. Me miraba con ojos taimados, como si yo fuese un estafador.
¡Cincuenta libras! ¡Y pensar que no sabes lo que es un solo día de trabajo duro!”.

En cambio a su madre, maestra de escuela, Lawrence la reverenciaba. Escribió sobre la relación con sus padres en “Hijos y amantes”. Publicada en 1913, es la más significativa de sus primeras novelas, relata la vida en un pueblo minero y le proporcionó cierto renombre como escritor.
Luego de separarse de varias mujeres, Lawrence se fugó en 1912 con Frieda von Richthofen Weekley, una aristócrata alemana, casada con su profesor y con la que se casó dos años después cuando ella consiguió el divorcio.
Los problemas de Lawrence comenzaron en 1915 al publicar “El arco iris”. Esta novela de prosa fuerte, estuvo prohibida en el Reino Unido por la cruda descripción de las relaciones sexuales que mantienen los personajes. La censura, junto con los horrores de la Primera Guerra Mundial, afirmó en Lawrence la convicción de que el sistema de valores de la civilización occidental sojuzgaba los instintos vitales, tesis sostenida en distintos ensayos de su autoría y en la novela “Mujeres enamoradas”, publicada en 1920.

" Yo niego absoluta y francamente ser un alma, o un cuerpo, o un espíritu, o una inteligencia, o un cerebro, o un sistema nervioso, o un conjunto de glándulas, o cualquier otra parte de mí mismo. El todo es más grande que las partes. Pero hoy, después de tres mil años, después que estamos casi completamente abstraídos de la vida rítmica de las estaciones, del nacimiento, de la muerte y de la fecundidad, comprendemos al fin que tal abstracción no es ni una bendición ni una liberación, sino pura nada. No nos aporta otra cosa que inercia.”

Lawrence vivió agobiado en Inglaterra a causa del origen alemán de su mujer y su propia oposición a la guerra. A sus problemas se sumó la tuberculosis, enfermedad por la cual en 1919 comenzó un período de vagabundeo sin descanso en busca de un clima más benigno en sociedades más libres y naturales.
Continuó su intensa, tormentosa y nómade vida junto a Frieda con quien visitó Italia, donde compuso “La vara de Aarón” en 1922; y viajó a Australia y México, países que le inspiraron respectivamente “Canguro” en 1923 y “La serpiente emplumada” publicada en 1926.

" Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte. Azul es el aliento de Quetzacoatl. Roja es la sangre de Huitzilopochtli. Pero el perro gris pertenece a la ceniza del mundo. Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte. Muertos están los perros grises. Vivos están los Señores de la Vida. Azul es el cielo profundo y el agua profunda. Rojos son el fuego y la sangre. Amarilla es la llama. El hueso es blanco y vivo. El pelo de la noche es oscuro sobre nuestros rostros. Pero los perros grises están entre las cenizas. Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.”

En 1928, instalado en Florencia, Lawrence publicó su más célebre y polémica novela, “El amante de Lady Chatterley”, que conoció sucesivas prohibiciones y cuyo texto completo apareció en Nueva York recién en 1959. La obra, que relataba las relaciones entre una aristócrata británica y uno de sus sirvientes, suponía una defensa de la libertad sexual enmarcada dentro de un ataque frontal contra las convenciones de la sociedad.

“La mirada del hombre descendió a lo largo de su cuerpo blanco y delgado, y rió. Entre sus tetillas, los vellos eran oscuros, casi negros. Pero en la raíz del vientre, allí donde se elevaba el falo, espeso y encorvado, eran de un rojo dorado, brillantes como una pequeña nube.
—¡Tan arrogante! —murmuró ella inquieta.— ¡Y tan señorial! Ahora comprendo por qué los hombres son tan arrogantes. ¡Pero, en el fondo, tan bello! ¡Como un ser diferente a ti! ¡Un tanto terrible, pero hermoso, después de todo! ¡Y viene hacia mí!
Constanza mordió su labio inferior, temerosa y turbada.
El hombre miraba en silencio el talo tenso que no cambiaba.
—Sí —dijo por fin, — sí hijo mío; tú eres algo que está bien, en efecto. ¡Puedes alzar la cabeza! Estás ahí, en tu casa, y no debes cuentas a nadie. ¿Eres el amo? ¿Eres mi amo? Y bien; eres más vivo que yo y hablas menos. ¡John Thomas! ¿Es a ella que deseas? ¿Deseas a lady Jane? ¡Me hiciste zambullir de nuevo! Puedes enorgullecerte de ello. ¡Sí, y te yergues sonriendo! ¡Toma, entonces! ¡Toma a lady Jane! Di: “Puertas, abríos de par en par, y el rey de la gloria entrará”. ¡Ah, qué descaro! ¡Una vulva, eso es lo que necesitas! ¡Di a lady Jane que necesitas una vulva! ¡John Thomas y la vulva de lady Jane!.”

La actitud creadora de Lawrence va acompañada de un peculiar desafío por todo cuanto es cultura. Para él, escribir era proclamar la superioridad de sus verdades intuidas y ridiculizar a quienes necesitan armarse de sistemas racionales para entender al mundo.
Pocos escritores supieron tejer un clima tan personal al margen de premeditados formalismos. Fue un autodidacta, mas bien intuitivo e impaciente, caprichoso, variable y en definitiva un antiintelectual. Quiso desentrañar causas, buscar sentidos, descubrir, satirizar, dar un cauce a su temperamento contradictorio y batallador. Su mujer escribió a un amigo común de la pareja: “¡Si supieras qué abismos de tragedia destructora hay en él!”
Detestaba a Proust y a Joyce. Al primero porque con sus escrúpulos frenaba una sana efusividad y porque consideraba que en él casi todo era represión y formalismo. A Joyce lo juzgaba abocado a una tarea imposible, ajena a la literatura como es la de pretender captar el torrente del pensar.
Toda la literatura y todos los ensayos de Lawrence son arrebatados. La furia es su sello. Sin embargo puede advertirse en su evolución un tránsito hacia la elocuencia, lograda mediante el dominio progresivo del oficio de escribir. Siguió siendo en cierto modo un hombre inmaduro, amigo del insulto y del sarcasmo; pero fue transformándose en un escritor profesional, prevenido contra el peligro de creer en las consecuencias de la propia retórica.
Aquejado de tuberculosis, D.H. Lawrence murió a los cuarenta y cuatro años en Vence, Francia, el 2 de marzo de 1930.
D.H. podría ser considerado como uno de los mejores escritores del siglo XX a partir de sus novelas. Sin embargo también produjo una poesía asombrosa. Poemas como “Tortuguita” merecen una lectura amplia:

TORTUGUITA

Bajo su tenue párpado, pequeña tortuguita
Tan indomable.
¡Tú sabes lo que es haber nacido sola,
pequeña tortuga!

El primer día, sacar las patas poco a poco
Del caparazón,

Y sin despertarte todavía,
Quedarte sobre la tierra, como si no estuvieras viva.
Un delgado, frágil, y apenas animado poroto.

Abrir, como una puerta de hierro, tu afilada boca
en pico, que pareciera no abrirse nunca;
Alzar la parte superior del pico

Y extender el delgado y diminuto cuello
Y tomar tu primer bocado de hierba oscura,
Solitario, pequeño insecto,
Menudo ojo brillante,
Suave.

Comer tu primer, solitario bocado
Y moverte sigilosamente, en busca de la presa.
Tu brillante, oscuro ojo.
Tu ojo de profunda y turbia noche,

Nadie ha escuchado tus quejas.

Sacas suavemente la cabeza hacia delante,
desde el pequeño tocado que la cubre,
Y la tiendes hacia arriba, arrastrándote sobre
las cuatro uñas de tus patas,
remando suavemente hacia delante.
¿Vas muy lejos, pequeño pájaro?
Como un bebé quizás, moviendo sus miembros,
Con la diferencia de que tu lo haces progresando,
sin prisa,
Y un bebé no adelanta.

El hálito del sol te excita,
Y las largas edades, y la prolongación del frío
Te desvían,
Abriendo tu boca impermeable,
Súbitamente afilada y profunda, como algún par
de cortantes tenazas;
Suave lengua roja, y estrechas y fuertes encías,
Y luego cierras la cuña de tu frente montañosa,
De tu rostro, tortuguita.
¿Inquietas al mundo, mientras mueves tu cabeza
en el interior de la carcaza,
Y miras con lacónicos ojos negros?

¿O es el sueño, la no-vida, volviendo otra
vez sobre ti?
Eres tan dura de despertar.

¿Acaso eres capaz de sorprenderte?
¿O es tu orgullo, indomable voluntad de vida
reciente
Mirando alrededor
E inclinándose suavemente contra esa inercia
Que parecía invencible?

Lo desafiante, vasto,
Inanimado, y lo delicado del brillo de tu pequeño ojo.

No, diminuto pájaro concha,
Qué enrome e inanimado es, aquello
Contra lo cual debes remar,
Qué incalculable inercia.
Desafiante,
Pequeño Ulises a la vanguardia,
No más grande que la uña de mi dedo pulgar,
Buen Viaggio.

Toda la inanimada creación sobre tu hombro,
Persevera, pequeño titán, bajo tu escudo de batalla.

El inmenso, preponderante
E inanimado universo;
Y tú lo mueves suavemente, exploradora, tú,
solitaria.

Qué vívido parece ahora tu paseo, bajo la ondulación
de la luz del sol,
Estoico, ulisíaco átomo;
Precipitado súbitamente, temerario sobre las
altas patas.

Pequeño pájaro sin voz,
Tu cabeza descansando, medio asomada a través
Del caparazón
En la suave dignidad de tu eterna paz.
Solitaria, sin sentirte sola,
Y por ello seis veces más solitaria;
Colmada de la suave pasión con la que atraviesas
Edades inmemoriales
Tu pequeña, redonda casa en el fragor del caos.

Sobre el jardín terrestre
Pequeño pájaro,
Sobre el borde de todas las cosas.

Viajero,
Con tu cola un poco doblada sobre un costado
Como un caballero con su abrigo largo.
Toda la vida cargada sobre tu hombro,
Invencible, a la vanguardia.