jueves, 19 de junio de 2008

Juan Batlle Planas un abrazo humanista a la nueva sensibilidad

por Martín Sanchez Ocampo

La línea del sol
hiende el muro
y encauza la agitación
de suave polvo brillante,
arrastra su conciencia
hacia la mesa circular
y la separa del mundo.


Hundida
en el servicio borroso
de lámparas y alfombras,
la mesa existe sola,
suficiente.

Batlle Planas, Mago por Rodolfo Godino

En Buenos Aires, al principio de la década del 30, las primeras referencias al surrealismo aparecieron en la revista Qué, desde la cual Aldo Pellegrini introdujo los postulados del movimiento francés en la poesía local; y en la revista Martín Fierro, donde Oliverio Girondo, Cordova Iturburu y Curatella Manes anunciaron el advenimiento de “una nueva sensibilidad que nos descubre panoramas insospechados, nuevos medios y formas de expresión”.

En el campo de las artes plásticas, uno de los primeros pintores que abrazó esa “nueva sensibilidad” fue Juan Batlle Planas, adoptando como principio fundamental la técnica del automatismo psíquico, estudiando los textos de Sigmund Freud e interesándose por la filosofía Zen.

Nacido en Cataluña en 1911, Batlle Planas llegó a nuestro país con su familia en 1913. Desde muy joven se vinculó con el arte a través de su tío, el artista plástico José Planas Casas, quien poseía un taller de grabado. Allí, a partir de 1928, Batlle realizó sus primeras experiencias en collage y en 1932 pintó sus primeros óleos que luego destruyó. Tal vez esa decisión haya sido tomada debido al éxito de Antonio Berni, quien ese mismo año expuso sus cuadros surrealistas en la sede de los Amigos del Arte.

Recién en 1936 Juan Batlle Planas consideró haber llegado a producir algo de relevancia artística con su serie de Radiografías Paranoicas. Esas obras poseen una fuerte presencia de la muerte como tema. En ellas se pueden apreciar figuras humanas delgadísimas y mutiladas, que se comunican entre sí con expresiones de espanto. Su primera muestra individual la hizo en el hall del Teatro del Pueblo en 1939, donde sus 32 collages tuvieron una respuesta positiva del público y de la crítica. Ese acontecimiento lo estimuló a retomar el óleo.

En la década siguiente, sus preocupaciones estéticas lo acercaron a la psicología de las formas y se sumergió en las ideas de Wilhelm Reich. Batlle Planas vió en la teoría de los orgones puntos de contacto con los conceptos de energía de los yoguis tibetanos y retornó a la pintura con una técnica de su invención: localizar en la tela en blanco puntos iniciales o “fuentes de energía” y unirlos con trazos hasta que aparezca una figura. “Somos una materia premonitoria de nuestros propios acontecimientos”, decía el artista, y explicaba que el automatismo, más que una mera técnica, era un auténtico “proceso de cristalización de la energía del ser”.

Como consecuencia de aquellos estudios, en 1944 exhibió sus nuevas telas en las que realizó un sugestivo tratamiento cromático. “El color es tiempo desintegrándose”, dijo de ellas el profesor Guillermo Whitelow. La crítica no se ponía de acuerdo a la hora de definir su pintura: “neorromántico”, dijo Aldo Pellegrini; “humanismo surrealista”, dijo García Martínez; “geometría mística”, dijo Julio Payró. Por su parte, Batlle Planas prefería hablar de una “irracionalidad frenada”.

Poco tiempo después el pintor entró en crisis, dejó momentáneamente los pinceles y abrió un taller para la enseñanza. En una muestra en la Galería Peuser conoció a Roberto Aizenberg, quien decidió abandonar sus clases con Berni para convertirse en alumno de Batlle: “Nunca alguien me había deslumbrado tanto -dijo sobre su nuevo maestro- fue el hallazgo de la tierra prometida.”

El ensayista Santiago KovadIoff ubica a Juan Batlle Planas en el centro de las tendencias surrealista y metafísica de la pintura argentina: “En él convergen y de él emanan las fuerzas éticas y estéticas que caracterizan y vinculan ambos movimientos”. Kovadloff entiende que en la pintura surrealista hay un vuelco decidido hacia lo fantástico, una disolución festiva del límite entre la vigilia y el sueño, y una voluntaria búsqueda de lo sobrenatural plenamente accesible al trabajo creador. Mientras que en la pintura metafísica, Kovadloff observa que se enfatiza la zona de encuentro y desencuentro entre lo ordinario y lo extraordinario, se subraya la tensión entre los opuestos y se inclina por la sugerencia de una insinuación antes que plantear una alegoría frontal. El surrealismo ejercería un abierto apostolado de la imaginación, mientras que la sensibilidad metafísica se dejaría cautivar por la imposibilidad de permanecer donde se está. “Se trata de una cuestión de acentos – explica Kovadloff - la pintura metafísica ya no está ganada por la exaltación triunfalista del surrealismo, pero de éste proviene, como un amplio brazo de mar resulta de la inmensidad oceánica.”

Los primeros pintores estrictamente metafísicos surgieron en la Argentina a fines de los años treinta y ganaron proyección en las tres décadas siguientes. Entre ellos sobresale Roberto Aizenberg, discípulo de Batlle Planas a quien reconoció diciendo: “De él aprendí casi todo. No sólo el método de trabajo y el oficio de pintar sino también una posición estética que implica una ética frente al arte. De él asimilé que el artista tenía la misión de transmitir todas las dimensiones de lo real, desde su entorno más cercano y cotidiano, eso que normalmente llamamos realidad, hasta las mismísimas vibraciones del universo.”

Juan Batlle Planas fue un significativo artista con actitudes nuevas ante la vida que fueron volcadas en sus trabajos y sus clases. Su obra, poderosamente expresiva, está impregnada de un abandono de lo tradicional para sumergirse en lo fantástico, establece vinculaciones entre el consciente y el subconsciente, plasma las revelaciones del sueño y estimula a la liberación del espíritu de las ataduras de la lógica. En sus cuadros se alienta la ruptura con las apariencias, se privilegia un semblante de lo real que tanto tiene para decimos acerca de nuestras verdades últimas y del que el sentido común reniega.

En Buenos Aires se pueden encontrar murales pintados por Batlle Planas. “Éxodo”, fechado en 1945, está en el 2233 de la calle Sarmiento; y en la bóveda de acceso de la Galería Santa Fe, en el 1660 de la Avenida de mismo nombre, dos obras suyas, con sus personajes barbudos y proféticos, componen un soberbio fresco.

También realizó esculturas y objetos móviles. Ilustró libros, hizo decorados y trajes para obras de teatro. Desde 1937 cultivó la poesía. Sus conferencias y publicaciones artísticocientíficas dieron muestra de sus inquietudes como investigador, cristalizadas en la creación del Instituto Privado de investigación de la Forma, y en los cursos de artes plásticas dictados en su taller.

Sobre su obra él mismo aclaraba: “Yo no estoy comprometido en nada con el misterio. Yo espero que de todo lo particular de mi imaginería, en toda su morfología, y en la fiel dialéctica de ella, en los altos y bajos de sus acontecimientos, se me permita surgir espectáculos profundamente identificados con el humanismo, con colvusiones como la que me permitieron pintar un día sublime esa mujer de “La hermanita de los pobres”, el personaje de Noica.”

Hacia 1960, su pintura se volvió abstracta y simbólica. Obtuvo el premio Palanza y la Academia Nacional de Bellas Artes lo designó miembro de número en 1962. Tres años más tarde expuso sus cuadros en la Embajada Argentina en Washington.

Juan Batlle Planas falleció en Buenos Aires el 8 de octubre de 1966. Dibujante admirable y colorista sutil, ninguna novedad artística le resultó indiferente y con su original aporte, contribuyó a abrir nuevos caminos en las concepciones pictóricas de nuestro país.