domingo, 31 de agosto de 2008

Entrevista a Jorge Boccanera


por Hernán López Winne



Siempre trata de meterse en algún proyecto independiente, como el de las revistas literarias o culturales. ¿Qué le encuentra a las revistas que lo lleven a esa fascinación?

-Participé en revistas de varios países como México, Colombia, Chile y Costa Rica, proyectos unos más independientes que otros. Será que aunque en los ’70 recién estaba empezando, llevo la marca de una generación cuyos engranajes eran la búsqueda formal y el cuestionamiento. Muchos alternaban literatura y periodismo, como Walhs, Conti, Orgambide, Gelman, Szpumberg, y se desdoblaban en editores de libros y revistas.

Los medios alternativos se ocupan de todo lo que dejan los grandes medios, pero eso que suena a “residual” es un espacio muy extenso, teniendo en cuenta lo aletargado de esos medios llamados “grandes”, empastados en un periodismo-rutina-clonación-convencional-previsible- insulso. Un ejemplo: hace poco trabajamos para la revista Lezama el asunto de las pandillas centroamericanas denominadas “Maras” con un especialista del tema que conocí en Panamá. Ese tema grosso llegó mucho después a los medios de aquí, que lo trataron con bastante distancia, de modo que a nadie le quedó claro el origen del fenómeno en el que intervienen cientos de jóvenes ni los países donde ocurre. La experiencia de una revista es sumamente enriquecedora por la libertad de asuntos y su independencia. De este modo, diría que el formato “revista” va con una curiosidad sobre temas diversos y el modo de exponerlos, esto es: armado de secuencia, preparación de portada, montaje de textos, ilustraciones, alternancia de personajes conocidos y testimonios anónimos. Un verdadero cóctel. Claro que esto, desde la investigación periodística, implica una toma de posición frente a la realidad que yo llamaría periodismo a conciencia.

Cuando me refiero al cóctel, tengo en cuenta todo lo que depara cada número, que debe renovar el desafío de colmar las expectativas del lector sin entrar en sensacionalismos baratos. Eso siempre me atrajo: la configuración de la pauta regida por la diversidad de temas y la forma de combinarlos para sostener la atención, como si la revista tuviera un guión, y hasta una melodía. Ese cóctel no siempre es tarea de una sola persona, sino más bien de un equipo chico pero abierto a temas diversos que hacen a lo político, lo artístico, lo social, etc.

¿Qué papel juega el diseño en una revista cultural?

-Es fundamental el manejo de los espacios, del perfil gráfico. Hay excelentes diseñadores en nuestro país, pero muchas publicaciones resueltas en tabloide blanco y negro parecen diarios inmobiliarios al lado de productos gráficos hechos por ejemplo en México o Colombia.

¿Qué problemas observa en el ámbito cultural hoy en día?

-Me llama la atención los escasos temas que maneja el periodismo. Siguiendo con el tema del cóctel, pareciera que hay pocos periodistas entre nosotros que se hagan cargo de esa diversidad. Podría ser porque estamos en tiempos de una “especialización” y uno puede ser un brillante abogado y al mismo tiempo es analfabeto en todo lo que no sea tema del Derecho. Claro que no se puede estar en todo, pero lo mínimo que se le podría pedir a un jefe de redacción es estar “al tanto” de algunos temas y no funcionar como turistas del asunto que están exponiendo. Otra limitante actualmente es lo autorreferencial; no se sale de los mismos personajes y los mismos temas, que a veces quedan reducidos al ámbito de Buenos Aires, lo que nos torna bastante aldeanos. Sobre el lenguaje periodístico, me parece que se ha sociologizado, como si esta disciplina (y su nomenclatura) pudiera dar cuenta de todos los fenómenos. Hay pocos creadores opinando (ya sabemos, los creadores son “loquitos”) y muchos sociólogos y filósofos metidos a sociologizar. También es llamativo cómo el peso de la televisión alcanzó a los medios gráficos y muchos personajes televisivos pasaron a dirigir revistas, a escribir editoriales, notas, libros. El balance es que, sin generalizar, estamos en tiempos de clonación de formatos, se arriesga poco y hay muy pocas ideas, escasa imaginación.

¿Que en el resto de Latinoamérica la cultura tenga un espacio importante se debe a una idiosincrasia propiamente argentina?

-Hay que destacar en la historia del periodismo argentino, el rubro revistero, con un registro de publicaciones excelentes que se han convertido en coleccionables. Algunas tan buenas que siempre surge la tentación de reeditarlas y de hecho se ha dado, como el caso de Crisis, donde trabajé. Eso pasa ahora con Caras y Caretas. De las muchas revistas buenas que existieron surge un modelo que va más allá de lo meramente cultural o de actualidad para hacer pie en un espíritu antropológico, reuniendo -y vuelvo a la metáfora etílica del cóctel- literatura, historieta, ensayo, nota política, plástica, testimonios, entrevistas, en un cruce que tiene experiencias hermanas en las que colaboré, como las revistas Rocinante de Chile o la uruguaya Brecha. Es verdad que en algunos otros países latinoamericanos hay un respeto y una atención hacia los intelectuales y algunos productos culturales, pero en general los problemas de educación que son tremendos, nos tocan a todos.

La dictadura militar indudablemente fue un factor clave para la dejadez en torno a la cultura. ¿Cómo se revierte esa situación?

-La dictadura militar fue, entre todo su horror, también un golpe al diálogo, a la polémica, a las labores cooperantes de la solidaridad, al trabajo en equipo, al debate creativo, al ejercicio crítico y -esto lo quiero subrayar porque se articula a lo autorreferencial que hablábamos antes- a la imaginación. Se revierte, por ejemplo, con una sociedad que restituya un andamiaje de reciprocidad con contenidos políticos, una distribución más equitativa, y el fin de la impunidad mediante una justicia efectiva y reparadora. Por otro lado, las sucesivas palizas dictatoriales que vivimos los argentinos en lo político y en lo económico, repartieron cachetazos de autoritarismo y frivolidad. Y para crecer socialmente hay que atacar ambos frentes, no solo el autoritarismo. La farandulización de la cultura es brutal desde la dictadura a hoy. Eso hay que revertirlo y se hace poco desde esa perspectiva.

¿Por qué la poesía no es explícitamente mostrada en el plano cultural en la Argentina? ¿Hay un "culpable"? ¿Hay falta de compromiso por parte de los mismos poetas?

-Es que hay poetas que no se comprometen ni con su propia imaginación. La participación en el debate social, en general se ha abandonado. En el medio intelectual, salvo las excepciones de siempre, es algo sentido como “demodé”. Hay el peligro de ser tildado un “setentista” o un “psicobolche”, algo del pasado. Y aquí también las modas pesan mucho. Pasamos del “juntarnos” a la disgregación. De colaterales a la desmemoria, funciona hoy, en la franja de una intelectualidad posmoderna, una pseudoneutralidad con gestos de indiferencia y recelo, escepticismo y desconfianza. Hay que recuperar solidaridad y memoria, que funcionan juntas en el trasiego que significa compartir la historia, el imaginario y el saber. Lo preocupante -y ahí está el punto- es que tampoco hay búsqueda formal y temática, lenguaje de riesgo, experimentación, aspectos lúdicos, inventiva, y es aquí donde hay una medianía con una literatura que en mucho se parece al diario personal o a la redacción escolar.

¿Puede decirse que la dictadura trajo una postura que valora el silencio frente a determinados temas? ¿Puede decirse que se generó una especie de pose apocalíptica y miedosa frente a esos temas?

-Si no el silencio, bastante indiferencia. Y eso de la pose apocalíptica tiene algo de verdad, aunque lo veo más como un pesimismo superficial. Es como si la pose de amargo diera un plus de sabiduría, porque el amargo está de vuelta y se las sabe todas, aunque nunca deba demostrarlo. En eso veo algo de prepotencia, como si el enojo diera prioridades. Quizá ya tengamos una estirpe de escritores que laburan eso, son los que no salen a “jugar”, no comparten con nadie. No soy psicólogo, pero habría que ver qué conexión existe entre esa forma algo autoritaria y lo vital. Pensemos en Lugones, en Sábato, y de ahí para adelante que cada uno ponga sus figuritas...

Vivió mucho tiempo en el exilio. ¿Cómo influye el no estar en la tierra de uno a la hora de ponerse a escribir, a pensar un poema? ¿Cómo se encaran proyectos fuera del lugar al que uno pertenece?

-La relación entre exilio y creación es algo indeterminado y depende de cada quien. Conocí a escritores como Costantini, Gelman, Szpumberg, Moyano, que en los primeros años de destierro no podían escribir. El dramaturgo Alberto Adellach, vivió dos décadas en el exterior y escribió una sola obra. Mi caso fue distinto (yo tenía veintipico de años, y ese dato cuenta), escribí mucho, ensanchando no sólo la experiencia sino el vocabulario. En mis textos hay mucho de esos “otros” caminos; el dejarse armar por lo diferente tiene que ver con ser cruzado por distintos aromas, texturas, sabores, sonidos. Ahora, tras diez años de trabajo terminé un libro -Palma Real- cuyo centro es precisamente el follaje, los bosques y su fauna, espacios centroamericanos donde viví en los últimos 15 años. Ese libro es producto del viaje, respira el viaje, que es el gusto por explorar y descubrir.

¿Qué consecuencias le generó el haber estado exiliado? ¿Qué relaciones propició con otros intelectuales, con otros poetas?

-El exilio me formó, fue mi maestro, como dijo alguna vez un desterrado emblemático, Roa Bastos. En Paraguay hablamos mucho sobre el asunto con Roa. El tema me importa mucho al punto de haber escrito un libro, Tierra que anda y ando bosquejando otro. Personalmente, soy un producto de esa circunstancia desgraciada que, por mi edad como dije antes, tuvo aspectos importantes. Me sacó del barrio y me colocó en otro cruce de coordenadas, me interesé por la historia de otros países sin abandonar la propia, otros imaginarios, otra visión del mundo. Viví exiliado 8 años, expatriado otros 8 y hace tiempo que parte del año la paso fuera. Un día me dijo en buena onda Juancito Sasturain que yo aquí era “un pescado”. El precio a pagar es que no formás parte de ninguna tribu, ningún gueto literario, y eso a veces te lo hacen sentir. He tenido que escuchar boludeces como que no tengo raíces, o que el exilio es un tema de otro tiempo. Me pregunto de cuál, ¿del de San Martín? ¿del de los chicos que se siguen yendo hoy?