por Gabriela D'Odorico
Entre las convicciones más arraigadas en el sentido común respecto de la ambigua denominación de “cultura”, se halla la idea de que la carencia material, moral y sentimental que nos identifica como sociedad nos conducirá irremediablemente a la esterilidad o al caos. La situación actual nos encuentra con la mitad de la población argentina definida técnicamente como pobre, evidenciando que sólo se ha democratizado la injusticia, que lo mejor distribuido es el hambre y que los únicos derechos generosamente concedidos son los que conducen a la enfermedad y a la muerte por causas evitables. Los golpes políticos y económicos que periódicamente sacuden a nuestro país, obligan a reiteradas y diversas experiencias de “pérdida”. De allí que la sensación de la carencia vuelva al ataque, siempre una vez más, como una novedosa y vigorosa cepa de un viejo virus. Y aunque insólitos modos de organización social, formas inusitadas de la expresión artística y cambios políticos sin precedentes irrumpen en la aparente confusión, nada de ello es tomado por la totalidad del cuerpo social como algo ontológicamenete constitutivo capaz de dar sentido a lo cotidiano. Paradójicamente, esta especie de vértigo que suscitan tanto la pérdida como lo faltante siempre, se expande como un sentimiento compartido. Para los sectores sociales postergados se impone el desafío de pensar algo nuevo frente a lo que el status quo decidió para ellos. Y para los que ocupan los estratos dominantes el reto de Tolstoi, “¿a cuál de los dioses en guerra debemos servir?”, empuja inevitablemente a decidir por algún modelo preferentemente en boga en algún país avanzado.
A pesar de que nos separan más de cien años de la históricamente famosa generación del ‘80, el discurso acerca de cómo proveer de cultura a la infinita desolación, permanece intacto. La voz universal de la oligarquía nacional anunciando el desembarco de la civilización, impostada por intelectuales de diverso origen social, contribuyó a su configuración definitiva como clase dominante. La euforia proveniente de su expansión hegemónica simboliza la remoción definitiva del patriciado colonial decimonónico. Cuenta Sarmiento, en 1883, que la colonia argentina en París era notable por la belleza de sus mujeres y por los buenos modales y gusto por el arte que los varones aprendían en América. Pero agrega “Lo que más distingue a nuestra colonia en la ciudad luz son los cientos de millones de francos que representa, llevándole a Francia no sólo el alimento de sus teatros, grandes hoteles, joyerías y modistos, sino verdaderos capitales millonarios emigrantes que enriquecen a Francia.” La transformación activa, incluso mientras dura la inmigración europea, da cuenta del pasaje de la aldea de Buenos Aires a la gran Metrópoli europea del Sur. Y la literatura, tanto al describir la naturaleza como el costumbrismo, asume la decisión por un modelo ético-político en la consolidación del Estado-Nación. Lucio Vicente López, en su novela sobre Buenos Aires no casualmente llamada La gran aldea , habla con desagrado del habitante dispuesto a expresar permanentemente que “renegaba contra la juventud del día y la Universidad, madre engendradora de doctores inútiles y de muchachos pillos y botarates”.
La metrópoli, resultado del desarrollo de las fuerzas productivas, se materializa en una sostenida incorporación de la inmigración, en el tendido ferroviario y telegráfico, en el establecimiento de puertos, en la expansión de la educación primaria y en la violenta y presente conquista del desierto. “El holgazán, el vagabundo, el que no tiene oficio tampoco puede hacer parte del soberano, porque, no estando ligado por interés alguno a la sociedad, dará fácilmente su voto por oro o amenazas.” había advertido, ya en 1846, Echeverría en su Dogma socialista. Sangre, muerte, acumulación de capital, olvido de la historia, negación de la cultura y adscripción a modas socio-políticas, abren un abanico incompleto de consecuencias. Finalmente, Buenos Aires instituye el lugar que concentra mayormente la riqueza territorial y los inmigrantes europeos. Las parciales transformaciones de la infinita esterilidad natural representan también alguna revancha contra un destino de atraso frente al que Paul Groussac se lamentaba: “el sol sale en Buenos Aires cuatro horas más tarde que en París”. Estos logros posibilitaron que la rabia de Sarmiento contra la oligarquía, se disparara en el juicio despiadado sobre el indio, el gaucho y toda otra barbarie procedente del “desierto”. Así, el maestro sanjuanino, en su Comentario a la obra de Lastarria , justifica la conquista en América porque “es preciso que seamos justos con los españoles; al exterminar a un pueblo salvaje cuyo territorio iban a ocupar, hacían simplemente lo que todos los pueblos civilizados hacen con los salvajes, lo que toda colonia efectúa deliberada o indeliberadamente con los indígenas: absorbe, destruye, extermina.”
El “desierto” es una contrariedad, que mediante una extraña transposición simbólica, forma parte de una herencia especialmente geográfica. La pampa extensa y monótona sólo ofrece la línea del horizonte sin augurar novedad, no evidencia fenómenos culturales similares a los europeos, no permite la supervivencia del hombre blanco, y está caracterizada por su falta de fecundidad. No hay denominación que parezca más desatinada para los fértiles suelos pampeanos, surcados de abundante agua dulce y envueltos por un benigno y saludable clima que la palabra “desierto”, una “nada” geográfica a conquistar. Sarmiento sentencia en el Facundo que “el mal que aqueja a la República Argentina es la extensión; el desierto la rodea por todas partes, se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son por lo general los límites incuestionables entre una y otra provincia.” Despoblado de hombres europeos, el desierto, que incluye al indio, es el asedio permanente que atenta contra la ciudad civilizada.
Pero el desierto preocupa también como categoría antropológica por incluir lo espiritual, lo afectivo y lo cultural. Dice Lucio V. Mansilla en su Excursión a los indios ranqueles : “pensé un instante en el porvenir de la República Argentina el día en que la civilización que vendrá con la libertad, con la paz, con la riqueza, invada aquellas comarcas desiertas, destituidas de belleza, sin interés artístico, pero adecuadas a la cría de ganado y a la agricultura.” Europa y el desierto comienzan a funcionar como dos polos de una dialéctica de redefinición constante La efervescencia del progreso económico favorece la adopción de las corrientes teóricas y políticas de vanguardia en Europa. Una generación de hombres formados en las Universidades de Córdoba y Buenos Aires, de profesiones liberales como la medicina o el derecho, toman contacto rápidamente con la función pública, con el periodismo y con la literatura. Todos ellos provistos de una formación intelectual a la europea, leen revistas y autores franceses y así dirigen la política y la cultura de la vida argentina. Ambiciosos de poder, orgullosos de su formación, convencidos de sus derechos, logran atraer y aglutinar a la aristocracia porteña agrupada bajo la Sociedad Rural, móvil y sostén principal de la tristemente célebre “campaña al desierto”. La civilización y el progreso son abordadas por la literatura del refinamiento y de la última moda parisina o londinense, de la que Mansilla es un ejemplo. El pedigrée , la raza y la sangre son los temas recurrentes de los, denominados por David Viñas, gentlemen escritores. La literatura se convierte en un arma contra las clases populares y los sectores medios producto del incipiente proceso inmigratorio. Así se los excluye definitivamente de la participación activa en el proceso de consolidación del Estado nacional resumido en la disyunción sarmientina de civilización o barbarie
Finalmente la oligarquía criolla, los comerciantes y los estancieros coinciden en la necesidad de obtener capital extranjero para estructurar un país productor de materia prima. Como advertía un personaje de la novela Sin rumbo , de Eugenio Cambaceres, “la inercia nos mata, nos consume, es necesario que la iniciativa individual, esa iniciativa progresista y salvadora, se haga sentir de una vez si queremos llegar a ser grandes y que se nos trate con respeto”. El desierto es el obstáculo para la organización nacional, dice Juan Bautista Alberdi en sus Cartas Quillotanas porque “si ellos son el hombre sudamericano, es menester valerse de él mismo para operar su propia mejora o quitar el poder al gaucho de poncho y al gaucho de frac, es decir, al hombre de Sudamérica para entregarlo al único hombre que no es gaucho, al inglés, al francés, al europeo, que no tardaría en tomar el poncho y los hábitos que el desierto inspiró al español europeo del siglo XV, que es el americano actual; europeo degenerado por la influencia del desierto y de la soledad”. Además “el caudillaje y su sistema son frutos naturales del árbol del desierto y del pasado colonial”. Y por si quedan dudas “siempre que véais en América otra cosa que un mundo despoblado, incurriréis en un error”. El impulso al exterminio del indio, el resentimiento contra el gaucho, la impotencia que provoca un territorio improductivo, y otras pasiones bárbaras compartidas por la aristocracia intelectual no eran más que resultantes de nuevas contradicciones de clase. No sin razón decía Carlos Astrada que si algo ha caracterizado a la oligarquía nacional es su impotencia, su falta de energía creadora, de impulso constructivo y de iniciativa.
Para 1890 el gaucho y los caudillos de lanza y poncho eran personaje literarios inhallables en el desierto pampeano. Cuerpos ausentes inmortalizados en la literatura, vacíos iniciales, puntos cero de la historia, que parecían anticipar una cadena de repeticiones durante el siglo posterior. Ese punto de nulidad de la historia sigue vivo y, con una miopía maliciosa, genera la particular certidumbre de que estamos otra vez ante el desierto de la cultura. A la vez y como consecuencia, nuevos cuerpos siguen siendo ofrecidos en sacrificio. Sólo la novedad del acto creativo mantiene el afán refutatorio digno de cualquier esperanza.